El Yotojoro
Me emocioné mucho cuando me lo dieron. Era un cactus pequeño, firme, con una manera de estar que no necesita llamar la atención. Venía de Yotojorotshi, lo traje conmigo. Lo puse cerca de la ventana, y empecé a cuidarlo, con algo de agua, con algo de luz, con una presencia tranquila, sin agenda. Durante semanas no pasó nada, o, eso creí. El cactus seguía ahí, igual de místico, igual de entero. No crecía de forma evidente, no cambiaba de color, no daba señales que uno pudiera celebrar. Era, en apariencia, lo que había sido desde el primer día, un objeto vivo, pero quieto. Y yo, en el fondo, pensaba que en algún momento se secaría. Pero había algo que no encajaba con esa quietud. En ese cuidado, estaba ocurriendo algo que yo todavía no sabía leer, era una conversación que yo todavía no alcanzaba a escuchar. Casi dos meses después, lo vi distinto. No fue un cambio dramático, no fue un antes y un después de esos que se anuncian, fue más bien una irrupción pequeña, casi tímida. U...