El día en que encontré a la Virgen de los Remedios en México

El día en que encontré a la Virgen de los Remedios en México

Subí a la colina de Cholula y uno cree que el mar se queda donde lo dejó, pero el Caribe tiene una forma propia de seguir viajando en uno, en la piel, en el acento, en la manera de mirar el horizonte. Mientras avanzaba por la rampa que conduce al santuario, sentía que mis pasos mezclaban dos lugares que nunca se habían tocado, la arena de mi tierra y esta pirámide construida por manos antiguas que respira en esta montaña.


Arriba me esperaba ella.

El santuario brillaba con la luz que quedaba del día. El naranja de las torres parecía encender el cielo. Vi el nombre en la fachada y me produjo un estremecimiento, Virgen de los Remedios. Sentí que ese nombre contaba algo profundo de mi historia, un eco que venía desde la catedral de Riohacha, el parque Padilla y la Vieja Mello, tan presente en mi memoria.

Entré al templo. El interior sostenía una belleza que no buscaba llamar la atención; estaba hecha de detalles, de columnas doradas, de ángeles que miran con serenidad. Frente a cada imagen de la Virgen experimenté una sensación de reconocimiento. Ella vestida de azul con encajes, rodeada de nubes plateadas, con el Niño en brazos, con la luna bajo sus pies. Había varias representaciones y cada una guardaba un relato distinto de las esperanzas de su pueblo. Al fondo había una en particular, una pequeña talla antigua, guardada en una hornacina, rodeada de billetes, monedas, papelitos doblados, promesas de gente que dejó su preocupación a sus pies. Cada imagen repetía un mismo gesto, una mano que sostiene al Niño, otra que sostiene nuestras historias.


Me quedé tiempo largo mirándolas. No era solo devoción ajena; sentía que me estaban presentando a una pariente lejana que, en realidad, me conocía desde antes de que yo llegara. La Virgen de los Remedios de Cholula está rodeada de volcanes, papel picado, cempasúchil, nubes de madera tallada. La de Riohacha está rodeada de mar de leva, vientos alisios y relatos de coronas que caen cuando el agua se levanta contra la ciudad. Escenarios distintos y una misma intuición, hay una Madre que permanece en el lugar donde la comunidad ha sentido miedo. La Virgen ocupa un sitio alto, abierto al cielo, y su presencia resguarda la vida cotidiana de un pueblo.

Mientras la contemplaba, la vi en mi memoria, en su trono dorado de la catedral, sobre la media luna, con su Niño en brazos, escoltada por ángeles que miran hacia abajo, atentos a la línea exacta donde termina la tierra y empieza el mar. Recordé el relato del día en que la tempestad quiso tragarse a Riohacha y el pueblo sacó la imagen en procesión hasta la orilla. La corona que cae, el mar que retrocede, la ciudad que respira aliviada. Esa escena me acompaña desde niño como una especie de leyenda fundacional, la certeza de que el mar también escucha.


Aquí, en San Pedro de Cholula, el miedo tenía otro rostro, no el mar enfurecido, sino la memoria de un volcán, la inmensidad de una pirámide convertida en templo, el peso de una historia donde los dioses cambian de nombre, pero el hambre de sentido se mantiene. La Virgen plantada en la cima parece decirle a la pirámide y al volcán que hay una ternura posible incluso para las montañas.

Ambas representan una firmeza que convive con fuerzas que se desbordan: agua o fuego. Tal vez la fe consiste en eso, en creer que existe un lugar sobre el cual es posible pararse mientras el mundo se agita. Entre una imagen y otra, sentí que estos dos territorios se daban la mano. Yo, guajiro, subiendo a un santuario mexicano dedicado a la misma Madre que protege a Riohacha desde el siglo XVI. Pensé que esta coincidencia no era un simple dato curioso de viajero, sino una conversación secreta entre los territorios que ando, La Guajira y el estado de Puebla en México, el mar y la piedra, el viento del Caribe y el aire del altiplano.

Me arrodillé frente al pequeño altar lleno de velas. Había fotos, rosarios, cartas dobladas, flores anaranjadas. Cada ofrenda era un “ayúdame” dicho a su manera. Cerré los ojos y tres gracias puse en intención; dejé que las palabras llegaran solas. Pensé en mi familia, en quienes caminan entre el viento y la sal, en la manera en que el pueblo la llama “Vieja Mello”, como nombrando a una tía que siempre está en la casa, aunque uno se vaya lejos. Le hablé también de este viaje, de lo que vengo buscando sin saberlo del todo, señales de que mi historia, mis libros, mis territorios tienen un hilo que alguien sostiene desde otro lugar.


Sentí que rezaba desde dos lugares al mismo tiempo, desde esta colina mexicana y desde el parque Padilla. Con quienes estaban ahí a mi alrededor, señoras con su rebozo, niños que subieron los escalones con cara de cansancio y fe, jóvenes que encendían velas sin mucha ceremonia, pero con una urgencia en los ojos. Y, al mismo tiempo, con los pescadores de la desembocadura del Riíto, con las abuelas que encienden velas a la Vieja Mello el 2 de febrero. 

Recé desde los recuerdos que llevo y desde las preguntas que apenas empiezan a tomar forma. La coincidencia empezó a parecerme un espejo. Así como en Riohacha el mar retrocedió, sentí que aquí había algo de mí que también se estaba calmando. Hay mareas internas que a veces crecen silenciosas, el cansancio de los caminos, la duda sobre las decisiones tomadas, las culpas que uno carga por lo que pudo haber hecho distinto. Mientras miraba a la Virgen de los Remedios sobre las nubes de plata, pensé que tal vez “remedio” no es solo protección ante desastres externos, sino un trabajo fino sobre las tempestades que no se ven. La Virgen reúne historias que nacieron lejos una de la otra. Hoy las siento unidas, como si la vida quisiera recordarme que pertenezco a más de un paisaje.

Al salir, la noche ya se había acomodado sobre el santuario. Desde abajo, el templo parecía flotar. Las luces resaltaban su silueta y el camino se abría en silencio. Recordé la catedral iluminada de Riohacha en sus fiestas de febrero, en los cantos que acompañan a la Virgen en la procesión. Pensé en las manos que la han cargado durante generaciones y en los pasos que siguen su ritmo.

Bajé la colina con la sensación de haber visitado a la misma Madre en otra casa. Sentí gratitud por la delicadeza de esa coincidencia, el guajiro que llega a México por caminos de escritura y descubre que la patrona de su ciudad también tiene aquí un trono dorado. El destino recordándome que los territorios que transito están conectados por hilos invisibles de memoria y de fe. La palabra “Remedios” guarda una fuerza que atraviesa fronteras. Habla de cuidados, de compañía, de la posibilidad de encontrar paz en medio de los trayectos.

Ahora, cuando nombro a la Virgen de los Remedios, mi mente ya no imagina un solo altar. Ve el mar que retrocede en Riohacha y la pirámide que sostiene un templo en Cholula. Escucha las olas y las campanas. Y en esa unión siento una certeza íntima: en cualquier lugar del camino hay una presencia que acompaña, una memoria que sostiene, un hogar que se amplía.



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