Hoy miré una nube
Hoy miré una nube.
Era una nube distinta, atravesada por la luz, con esa forma incierta y viva que tienen las cosas que no necesitan explicarse para conmovernos.
Me quedé ahí, unos segundos, quizá un poco más, y mientras la observaba, una pregunta se me atravesó con la naturalidad con que llegan las preguntas verdaderas:
¿Qué necesita mi escritura de mí en este momento?
La sentí honda. Cercana. Como si no viniera a exigirme nada, sino a invitarme a escucharme mejor.
Escribo en los mensajes, en las ideas que anoto al vuelo, en los textos que acompañan mis días, en las conversaciones que se quedan conmigo más tiempo del previsto, en las páginas que nacen sin decir nada.
También escribo en medio de esta preventa, en el movimiento hermoso y desafiante de hacer que un libro encuentre a sus lectores. Los mensajes, las personas que se acercan al proyecto, las conversaciones que se abren alrededor de él. Mi vida, de muchas maneras, sigue rodeada de palabras.
Mientras miraba la nube recordé algo que no debo olvidar.
Yo escribo desde la contemplación. Escribo cuando algo se posa frente a mí con intensidad. Escribo cuando una escena mínima se abre y revela una verdad. Escribo cuando una nube deja de ser solo una nube y se convierte en una señal, en una imagen, en una compañía.
Desde ahí nacen mis relatos, de esa forma de mirar.
Escribir es darme permiso para estar presente. Para demorarme un poco en lo que me toca. Para dejar que el mundo llegue a mí con sus matices, con su música, con esa clase de revelaciones que solo aparecen cuando uno les ofrece atención verdadera.
Mientras el sol se filtraba por detrás de la nube sentí gratitud.
Gratitud por seguir siendo alguien a quien todavía lo detiene una nube.
Gratitud por conservar esa parte de mí que se conmueve con lo mínimo
Gratitud por saber que la escritura no me abandona, sino que me espera en los lugares donde vuelvo a estar entero.
Mi escritura solo me pide seguir mirando así. Seguir dándole lugar a esos instantes donde la vida se abre con belleza tranquila. Seguir habitando el día con la sensibilidad suficiente para reconocer que cada momento, cada gesto, cada nube puede convertirse en una puerta hacia un relato.
Por eso escribo. Porque sigo creyendo que el mundo habla en voz baja, y que quien aprende a escucharlo descubre historias incluso en el cielo de un día cualquiera.
Hoy miré una nube.
En ese gesto simple recordé que escribir, para mí, es una manera de estar vivo sabiendo que los relatos no solo están en lo que escribo, sino también en la manera en que vuelvo a encontrarme con el cielo.
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