Tejedoras de territorio y paz: memorias del 25N desde Mompox.

Tejedoras de territorio y paz: memorias del 25N desde Mompox.

Por: Víctor Manuel De Luque Vidal 

El 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, llegué a Mompox con una certeza que se afina cada vez que camino los territorios y me siento en la mesa con las mujeres, las que sostienen los barrios, los resguardos, los patios, los comedores comunitarios: la violencia no empieza cuando llega el golpe, empieza mucho antes. Empieza en una creencia que alguien repite sin pensar, en un chiste, en un mandato heredado, en una idea que se vuelve costumbre, en las estructuras que aún no sabemos nombrar.


La invitación de la Defensoría del Pueblo – Casa de Derechos de Mompox fue un acto de confianza y de propósito. Estar como panelista en el foro “Tejedoras de Territorio y Paz: Voces Libres del 25N” fue una oportunidad para reconocer lo que las mujeres del Caribe llevan siglos sosteniendo, el equilibrio silencioso de la vida comunitaria, la resistencia cotidiana y la dignidad que no se quiebra.

El 25N no es una efeméride más. Es una frontera ética que nos recuerda cuántas vidas siguen marcadas por formas de violencia que muchos consideran “normales”. Es un día que exige incomodidad y acción, no discursos vacíos. Desde La Guajira hasta el Magdalena, desde los barrios de Barranquilla hasta los patios de Mompox, las mujeres cargan historias que la sociedad debe aprender a escuchar con responsabilidad.


En el Caribe entendemos que la paz es un tejido. Y que ese tejido, como nos lo enseñan las tejedoras wayuu, las lideresas afrodescendientes, las maestras, las madres y las cuidadoras, se construye hilo a hilo, palabra a palabra, decisión a decisión.

Por eso, en Mompox, quise abrir mi intervención recordando algo esencial,
un territorio será pacífico solo cuando sea justo, y será justo solo cuando las mujeres puedan vivir sin miedo.


Durante el panel, respondí a una pregunta que atraviesa todos los territorios: ¿Qué creencias o estereotipos culturales debemos desmontar para prevenir la violencia contra la mujer? Y la respuesta toca fibras profundas:

La idea de que el cuidado es un destino exclusivo de las mujeres.
En el Caribe lo escuchamos desde niños, las mujeres “saben servir”, “son más ordenadas”, “tienen más paciencia”. Esa construcción cultural las amarra a roles no remunerados y abre la puerta a que cualquier gesto de autonomía sea leído como rebeldía.

La creencia de que el silencio es virtud femenina.
Muchas niñas crecen escuchando esa dilapildora frase que “calladita se ve más bonita”. Desde nuestros programas hemos visto que cuando una mujer encuentra la palabra y el espacio seguro para usarla, empieza a romper el primer nudo de la violencia.

La normalización del control como forma de amor.
Muchos jóvenes creen que revisarle el celular a la pareja o pedir explicaciones por cada movimiento es una expresión de cariño. Desde la pedagogía comunitaria hemos trabajado para que entiendan que el amor no vigila: acompaña.

El mandato del sacrificio.
A demasiadas mujeres se les enseña que deben aguantar por los hijos, por la familia, por la comunidad. Con nuestras Lideresas insistimos en que la dignidad nunca se negocia, y que el amor propio es un derecho colectivo.

La masculinidad que se sostiene en la dureza.
La violencia contra la mujer también nace en hombres educados para reprimir su vulnerabilidad y fragilidad, que no saben pedir ayuda, que creen que su valor depende de dominar. Necesitamos criar otra forma de ser hombre, una que deje espacio para la ternura, el cuidado y la corresponsabilidad.

La violencia se previene desmontando estos imaginarios y reemplazándolos por algo más profundo, relaciones de cuidado mutuo, respeto por la autonomía y una cultura que entienda que la equidad es una forma de reparar la historia.


También discutimos cómo las políticas públicas pueden integrar de forma efectiva el enfoque de género como estrategia para prevenir la violencia. Y allí la experiencia del trabajo comunitario ofrece algunos aprendizajes.

Las políticas públicas no cambian vidas por estar escritas, las cambian cuando se anclan en la realidad de los territorios. Y en el Caribe, fortalecer a las mujeres significa reconocerlas como el corazón de la transformación social.

Hay varios caminos que considero fundamentales:

Políticas que nazcan desde la escucha territorial.
Los cambios profundos empiezan cuando las instituciones se sientan a escuchar a las comunidades. Nuestra experiencia en Territorios de Equidad demuestra que las soluciones funcionan cuando responden a dolores y aspiraciones reales, no a diagnósticos de escritorio.

Integrar el enfoque de género como requisito estructural, no como anexo.
En los programas de eficiencia energética, empleabilidad y emprendimiento que hemos liderado en Air-e, el enfoque de género no es una nota al final, es el eje del diseño. Eso cambia todo, prioridades, indicadores, rutas de atención, alianzas y presupuestos.

Inversión sostenida en autonomía económica.
Un territorio cambia cuando una mujer puede decidir sin miedo porque tiene ingresos propios. Por eso hemos apostado a Mujeres que Transforman, Emprende Caribe, formación técnica y cadenas productivas comunitarias. La autonomía económica es una política de prevención de violencias.

Sistemas de cuidado comunitario que liberen tiempo y posibilidades.
Muchas mujeres no pueden estudiar, emprender o participar porque están solas frente a las tareas de cuidado. Las políticas deben crear redes de apoyo, guarderías comunitarias, horarios flexibles, y programas que reconozcan y redistribuyan el cuidado.

Articulación real entre instituciones.
La prevención no es tarea de una sola entidad. Requiere justicia, salud, educación, cultura, empresas, organizaciones comunitarias y sector privado. 

Educación para nuevas masculinidades.
No habrá transformación si no formamos a los hombres en nuevas formas de presencia, responsabilidad afectiva y corresponsabilidad. Esto debe estar en escuelas, deportes, medios, empresas, barrios y familias.

Políticas que midan lo que importa.
Necesitamos indicadores que midan cambios reales, autonomía económica, acceso a oportunidades, percepción de seguridad, participación comunitaria, redes de apoyo. No solo cifras de atención.

Las políticas públicas deben hacer algo muy simple y muy profundo, convertir la equidad en una experiencia cotidiana. Cuando una mujer camina un territorio y siente que su palabra vale, que su tiempo se respeta y que su libertad está protegida, estamos previniendo la violencia.


Abrí el foro con estas palabras, que comparto como una memoria necesaria:

“Cada vez que llego a un territorio del Caribe recuerdo que las violencias no comienzan en la agresión; comienzan en las ideas que normalizamos. Tejer no es solo unir hilos, es unir historias, dolores y esperanzas. Las mujeres del Caribe reordenan la vida. Un territorio que cuida a sus mujeres es un territorio que se cuida a sí mismo.”

Mi trabajo como Director de Gestión Comunitaria y Desarrollo Territorial de Air-e me ha mostrado que la equidad se construye. Y que los cambios más fuertes se dan cuando una mujer recupera la voz. Lo he visto en Puebloviejo, en Tasajera, en Santa Marta, en los barrios del sur de Barranquilla, en Riohacha, en Maicao, en Fonseca, en Yotojorotshi, en Mompox. Cuando una mujer se levanta, el territorio respira distinto.

Este 25N fue un recordatorio de que la violencia es un problema estructural, pero también de que la transformación es posible y está sucediendo en manos de las mujeres que hoy lideran emprendimientos, colectivos, proyectos energéticos, escuelas de formación y procesos de organización comunitaria.

Mompox nos convocó para reafirmar que la paz se teje. Y que cada puntada es una mujer reclamando su lugar, su tiempo, su libertad. Nuestra tarea, desde las instituciones y la sociedad, es asegurarnos de que ese tejido no se rompa y que cada hilo tenga un camino digno hacia adelante.

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