Una Vara e' Premio
Una vara e’ premio
Crecí oyendo una frase que todo el mundo entendía, y yo sin haberla visto nunca:
—“Parece una vara e’ premio”.
Lo decían para hablar de alguien alto, escurrido, terco de pie, de los que se paran en la vida como si fueran poste de fiesta, sin doblarse. Yo asentía con respeto y por educación para no quedar como bruto en la conversación, pero la verdad es que esa imagen me quedaba en el aire. No tenía cara. No tenía cuerpo. No tenía grasa.
Hasta hoy.
Hoy la vi plantada en plena calle, sin aviso y sin metáfora. Un palo largo, recto, orgulloso de ser palo. Arriba, los regalos amarrados, temblando en el aire con el mismo nervio de una cometa cuando se le acaba el viento. Carritos, muñecas, balones, paqueticos, cositas envueltas que a esa altura se vuelven tesoro. Y abajo, la vida entera mirando hacia arriba con asombro propio.
La tarde estaba clara. Ese cielo limpio de Diciembre, donde el sol se va despacito y deja una luz que ilumina. La gente se acomodó alrededor. Los niños apretados adelante, los grandes atrás animando a los suyos, las carcajadas listas, los gritos calentando la garganta. Una casa blanca con rejas, un techo de tejas cansadas, matas con flores amarillas, y el polvo de la calle levantándose cada vez que alguien se movía con ansiedad.
Entonces entendí lo que era.
La vara e’ premio es familia del palo ensebado, ese juego de fiesta donde la gracia está en subir un poste untado con grasa o aceite para alcanzar un premio en la punta. También le dicen “barra de premios” o “vara de premios”, y la idea es esa misma, trepar con brazos y piernas mientras el palo te recuerda que la vida a veces se vuelve lisa y resbalosa justo cuando más te emocionas.
Porque claro, el detalle es el aceite.
No es un palo cualquiera. Es un palo con trampa de risa. Un palo brillante, embarrado de resbalón. Un palo que no te deja hacerte el héroe sin cobrarte peaje. La vara se ríe bajito. Te invita. Te prueba. Te devuelve al suelo con una facilidad que da rabia y carcajada al mismo tiempo. Y aun así, uno insiste. Porque arriba hay regalos, sí, pero también hay algo más alto que el premio, la mirada de la cuadra completa sosteniéndote.
El primero subió con fuerza y con fe. Se pegó al tronco como si abrazara un árbol querido. Dio dos jalones, tres, y el palo le contestó con la verdad aceitosa del mundo. Se fue pa’ atrás de una. Bajó en un segundo, dejando en el aire un “uyyyy” colectivo, mitad susto, mitad celebración. El suelo lo recibió sin hacerle daño, pero recordándole que aquí nadie sube solo por ganas.
Luego subió otro. Y otro.
Y el barrio entero empezó a entender la técnica sin decirla.
Ahí, la inteligencia es corporal. Es saber dónde poner la rodilla, cómo apretar con el antebrazo, cómo buscar una mínima aspereza en la madera, cómo respirar para que no se te vaya el alma por la boca. Es también saber escuchar. Porque abajo, la gente dirige como si fuera coro.
“¡Agarra duro!”
“¡Con las piernas, con las piernas!”
“¡No mires pa’ abajo!”
“¡Dale, dale, que tú puedes!”
Y cuando el palo se ponía imposible, aparecía la otra ciencia del Caribe, esa que no sale en los manuales, la ciencia comunitaria. Uno le presta el hombro al otro. Alguien sostiene el tronco. Otro se arrima para hacer de escalón humano. Un grito anima. Una risa cura la pena. El que cae se sacude y vuelve. Nadie se burla con maldad. Aquí la burla es cariño con esquina, una forma de decirte “te vimos intentarlo, vuelve a intentarlo”.
Un niño subiendo, un pueblo entero estirándose con él. Y arriba, los premios parecían más lejos de lo que eran, así pasa con casi todo lo que vale. Se ven chiquitos, pero pesan en la imaginación. Están ahí arriba, amarrados, mirando, diciendo: si me quieres, súbeme. Si me quieres, gánate la historia.
Yo miraba esa vara y pensaba que la frase tenía razón. Una vara e’ premio no es solo alguien alto. Es alguien que, aunque se resbale, insiste. Alguien que aprende a subir cuando todo está liso. Alguien que no se ofende con el suelo, porque sabe que el suelo también enseña. Es la terquedad bonita de los barrios, esa que se ríe de sí misma y vuelve a intentarlo con más maña.
La tarde se fue poniendo dorada. La calle olía a gente, a polvo, a fiesta de diciembre. Y en el centro, el palo seguía firme, como un reloj sin números marcando el tiempo a punta de intentos.
Al final, cuando alguien logra llegar, no baja solo un regalo. Baja con una corona invisible. Baja con el aplauso pegado en la piel. Baja sabiendo que, por un rato, el barrio tuvo un cielo alcanzable y un muchacho fue capaz de tocarlo.
La vara e’ premio es eso.
Una piñata vertical.
Una prueba resbalosa.
Un juego que parece simple y termina siendo escuela.
Y ahora sí sé cómo era.
Ahora sí, cuando vuelva a oír “parece una vara e’ premio”, voy a ver este cielo abierto, esta cuadra mirando hacia arriba, y esa madera aceitosa recordándonos que los premios, casi siempre, se ganan con risa, con porfía y con gente alrededor.
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