El Yotojoro

Me emocioné mucho cuando me lo dieron.

Era un cactus pequeño, firme, con una manera de estar que no necesita llamar la atención. Venía de Yotojorotshi, lo traje conmigo. Lo puse cerca de la ventana, y empecé a cuidarlo, con algo de agua, con algo de luz, con una presencia tranquila, sin agenda.


Durante semanas no pasó nada, o, eso creí. El cactus seguía ahí, igual de místico, igual de entero. No crecía de forma evidente, no cambiaba de color, no daba señales que uno pudiera celebrar. Era, en apariencia, lo que había sido desde el primer día, un objeto vivo, pero quieto. Y yo, en el fondo, pensaba que en algún momento se secaría.

Pero había algo que no encajaba con esa quietud. En ese cuidado, estaba ocurriendo algo que yo todavía no sabía leer, era una conversación que yo todavía no alcanzaba a escuchar.

Casi dos meses después, lo vi distinto. No fue un cambio dramático, no fue un antes y un después de esos que se anuncian, fue más bien una irrupción pequeña, casi tímida. Un fruto.


Rojo, inesperado, sostenido entre espinas, parecía que el mismo cactus dudara de mostrarlo. Me acerqué, lo miré con más cuidado, lo toqué, y en ese gesto sentí que no estaba viendo un detalle, estaba presenciando una respuesta, porque ese fruto no estaba ahí por casualidad.

Ese cactus venía de una tierra donde la vida no se da fácil, donde cada forma de permanencia es una decisión. Y ahora, lejos de allá, en otra casa, con otra luz, estaba haciendo lo mismo. Seguir siendo cardón.

Me di cuenta entonces de que yo había estado mirando el proceso de manera distinta. Esperaba quizá, señales visibles, cambios evidentes, algún gesto que confirmara que el cuidado estaba dando resultado, o todo lo contrario.

Pero el cactus no trabaja así.
El cactus guarda.
El cactus espera.
El cactus decide cuándo.

Y cuando lo hace, simplemente florece, simplemente da. Ese fruto, que cabía en mi mano, tenía el peso de todo ese tiempo en que no pasó nada, de todos los días en que lo regué sin pensar que algo se estaba preparando, de todas las veces en que pasé por su lado sin notar que, estaba encontrando su momento.

Pensé en Yotojorotshi. En lo que significa aprender a sostenerse con lo justo, a guardar lo esencial, a no desperdiciar energía en lo innecesario. Pensé en cómo esa enseñanza viaja, se queda en la raíz, y aparece incluso cuando el contexto cambia.

Ese cactus no olvidó de dónde venía. Solo encontró una nueva forma de seguir siendo. Y eso es lo que más me tocó. No el fruto en sí, sino lo que implicaba, una vida que confía lo suficiente en su entorno como para dar algo de sí.

Porque las plantas no dan fruto por obligación. Lo hacen cuando pueden, cuando quieren, cuando hay condiciones, cuando sienten que es posible sostener lo que viene después.

Miré el cactus otra vez. Ya no era el mismo de hace dos meses, aunque por fuera lo pareciera. Y yo tampoco era el mismo que lo había recibido, aunque no supiera decir exactamente por qué.

Hay cosas que cambian, se acomodan por dentro, toman su tiempo, se organizan sin apuro. Y un día, cuando uno menos lo espera, aparecen en forma de algo pequeño, suficiente, irrefutable.

Un fruto.
Una señal.

Lo dejé ahí, donde siempre ha estado. Con su luz, con su silencio, con su manera de recordarme, sin decir una sola palabra, que lo importante no siempre se ve cuando uno lo está construyendo, a veces se ve después. Cuando ya está listo.

Comentarios

Entradas populares