Tejer
TEJER
Por: Víctor Manuel De Luque Vidal
El Foro Tejedoras de Nuevas Realidades para La Guajira comenzó mucho antes de que alguien tomara el micrófono. Empezó en la disposición cuidadosa de cada objeto, en la elección del lugar, en la manera como el territorio fue convocado a través de sus materiales, de sus colores y de sus formas. Una vasija de barro descansaba junto a las flores; los tejidos wayuu ocupaban el fondo de la escena con la naturalidad de aquello que pertenece; los cactus, los chinchorros, la madera y la arena construían una atmósfera donde cada elemento parecía conservar una memoria y sostener, desde el silencio, una parte del relato.
La ranchería El Paraíso recibió a los asistentes con la sobriedad de los espacios que conocen su propio valor. Allí, la conversación adquirió otra respiración. La arena bajo los pies mantuvo presente la tierra durante toda la jornada, mientras el techo de yotojoro, las columnas de madera y la sombra de los árboles recordaban las antiguas formas de reunirse, cuando la palabra circulaba sin tarimas elevadas y la comunidad encontraba bajo un mismo techo la posibilidad de escucharse.
El verbo escogido para nombrar este proceso lleva consigo una profundidad que crece con los años: tejer. En La Guajira, esa palabra pertenece a las manos, al tiempo, a la memoria y a la paciencia. Cada figura comienza cuando un hilo encuentra a otro. Luego llega un nudo, una repetición, una forma apenas insinuada. La trama se construye mientras alguien confía en el dibujo que todavía no aparece completo. Así se levantan también los vínculos capaces de transformar un territorio: con encuentros sucesivos, con voces que aprenden a reconocerse y con la voluntad de permanecer el tiempo suficiente para que la confianza encuentre dónde asentarse.
El foro parecía haber sido pensado desde esa misma lógica. Cada detalle participaba de una composición mayor. Los tapices extendidos detrás de las panelistas contenían símbolos, caminos y figuras que se abrían ante la mirada. Las flores llenaban de color las mesas de madera. Los ovillos ubicados cerca del escenario evocaban el trabajo paciente de quienes convierten una hebra suelta en una pieza capaz de contar de dónde viene. Hasta el mobiliario, dispuesto en cercanía con el público, reducía las distancias habituales y permitía que las palabras circularan en un espacio compartido.
Los estudiantes ocuparon una parte esencial de esa trama. Sus rostros atentos, sus sonrisas y su manera de seguir cada intervención daban al encuentro un sentido que iba más allá de la jornada. En ellos estaba la continuidad de todo lo que allí se pronunciaba. Cada historia llegaba a una generación que empieza a construir su propia relación con La Guajira, con sus raíces y con las posibilidades que guarda su futuro. Escuchar a una lideresa, a una artista o a una mujer que ha abierto caminos en medio de las dificultades puede convertirse, muchos años después, en el origen silencioso de una decisión.
Junto a ellos estaban las mujeres mayores con sus mochilas y sus mantas, los gestores culturales, los invitados institucionales, las autoridades tradicionales y los jóvenes con sus uniformes escolares. Esa diversidad dibujaba una imagen amplia del territorio. Las edades, las experiencias y los oficios se encontraban bajo un mismo techo, cada uno aportando una manera particular de comprender la realidad. El foro iba adquiriendo entonces la forma de una conversación intergeneracional, donde la experiencia de unas mujeres podía encontrarse con las preguntas de quienes apenas comienzan a reconocer su propia voz.
Fabrina Acosta sostenía el hilo de la conversación con una naturalidad que solo alcanza quien lleva años tejiendo encuentros. No apresuraba las respuestas ni buscaba conducir el diálogo hacia un destino prefijado. Dejaba que cada historia encontrara su tiempo, que las voces se reconocieran entre sí y que las preguntas permanecieran abiertas el tiempo suficiente para seguir respirando después de ser pronunciadas. Ese ritmo pausado terminaba contagiando a todos. La escucha encontraba allí el tiempo que casi nunca le concedemos.
Vanessa Ibarra hablaba desde el lugar donde nacen las palabras que no necesitan traducción. Cada explicación durante el recorrido convertía un árbol, un sendero, una vivienda o un gesto cotidiano en parte de una historia mucho más antigua que el propio foro. Aída Bossa escuchaba con esa atención generosa que distingue a quienes entienden que las historias primero se reciben y después se cuentan. Diana Tello ampliaba la conversación hacia los desafíos sociales de La Guajira con la serenidad de quien sabe que el desarrollo empieza siempre por las personas. Entre las tres la conversación iba cambiando de profundidad con una naturalidad admirable. Cada intervención recogía el hilo de la anterior y lo llevaba un poco más lejos, hasta formar un diálogo donde ninguna voz necesitaba imponerse para hacerse indispensable.
La música extendió esa conversación hacia otros lenguajes. El tambor de Morelia reunió cuerpo, voz y memoria en un mismo pulso. Cada golpe parecía traer consigo una resonancia antigua, una forma de recordar que los pueblos también guardan su historia en el ritmo. Lisandro Pinedo dejó que las cuerdas de la guitarra acompañaran la mañana y ofrecieran otra manera de permanecer juntos. En aquel espacio, la música tenía la capacidad de unir emociones, recuerdos y silencios que las palabras apenas alcanzaban a rozar.
Los jóvenes que representaron las danzas tradicionales llevaron al centro del encuentro la fuerza del movimiento. Las telas rojas y floreadas se extendían con el viento, rodeaban los cuerpos y transformaban la arena en un escenario vivo. Cada giro contenía aprendizaje, herencia y celebración. Quienes danzaban asumían con orgullo una expresión cultural recibida de generaciones anteriores y la llevaban hacia adelante con sus propios pasos. La tradición aparecía allí como una práctica presente, sostenida por jóvenes que la conocen, la sienten y la vuelven a interpretar.
También estaban las mujeres mayores, sentadas con sus mochilas sobre las piernas, escuchando con una atención serena. En ellas podía leerse la continuidad de muchas historias familiares y comunitarias. Sus rostros guardaban una experiencia que rara vez cabe completa en una intervención pública. La sola presencia de aquellas mujeres ampliaba el sentido del encuentro, porque recordaba que cada realidad nueva se construye sobre huellas anteriores, sobre esfuerzos que muchas veces permanecieron sin nombre y sobre una sabiduría transmitida en la vida cotidiana.
La sombra del trupillo se convirtió en otro lugar de conversación. Allí las personas se reunieron alrededor de Vanessa, compartieron preguntas y observaron la comunidad desde una cercanía respetuosa. Un niño caminaba entre los adultos con la libertad de quien habita su casa. Su presencia introducía una escena sencilla y profundamente reveladora: el futuro del territorio ya estaba allí, moviéndose entre las palabras de los mayores, escuchando sin saber todavía cuánto de aquella mañana quedaría guardado en su memoria.
La memoria suele guardar aquello que las agendas nunca registran. La sonrisa que aparece durante una explicación, una mirada compartida, una mano que acompaña una frase, una estudiante que inclina ligeramente el cuerpo para escuchar mejor, una mujer que acomoda su pañuelo mientras permanece atenta, un grupo que decide quedarse bajo la sombra porque la conversación todavía no ha terminado. Allí comienza a revelarse la verdadera dimensión del encuentro. Las transformaciones profundas rara vez llegan envueltas en grandes declaraciones. Permanecen en estos gestos silenciosos, cuando alguien descubre una pregunta nueva, reconoce su propia historia en la voz de otra persona o regresa a casa con la sensación de haber encontrado un lugar distinto desde donde mirar su territorio.
El mensaje tejido que acompañaba el escenario resumía la esencia de la jornada: «Tejemos historias, transformamos realidades, inspiramos futuros». Ese mensaje parecía haber sido tejido con la misma paciencia de una mochila. Cada palabra ocupaba su lugar dentro de una secuencia que comenzaba en el relato y avanzaba hacia la acción. Las historias permiten reconocer lo vivido, las realidades empiezan a moverse cuando encuentran un sentido compartido y los futuros se vuelven imaginables cuando una comunidad descubre que puede participar en su construcción.
Durante años, Evas & Adanes ha sostenido esta conversación alrededor de las mujeres, de sus liderazgos, de la equidad y de la capacidad de La Guajira para narrarse desde su propia riqueza. Cada edición añade nuevos hilos a una trama que sigue creciendo. Llegan otras voces, aparecen nuevas generaciones y el territorio ofrece lugares distintos para continuar el encuentro. La continuidad le concede al foro una profundidad especial, porque las relaciones que nacen en una jornada pueden extenderse hacia alianzas, proyectos, aprendizajes y decisiones que requieren más tiempo para madurar.
Al regresar una y otra vez a esta memoria queda la sensación de haber asistido a una forma de tejido colectivo. Cada persona aportó una hebra distinta: la palabra de una lideresa, la curiosidad de una estudiante, la memoria de una mujer mayor, el canto de una artista, el conocimiento de una autoridad tradicional, la presencia de una institución y el trabajo persistente de una organización que ha aprendido a reunirlas. Juntas comenzaron a dibujar una figura que seguirá revelándose con el paso del tiempo
Mientras regresaba de El Paraíso seguía pensando en el tejido. No por las mochilas, ni por los tapices que acompañaban el escenario. Pensaba en esa forma paciente de construir una obra donde ningún hilo intenta ocupar el lugar de otro y, aun así, todos resultan indispensables. Quizá los territorios encuentren allí una de sus lecciones más antiguas. Permanecer juntos el tiempo suficiente para que las diferencias dejen de ser distancia y comiencen a convertirse en fuerza. Tal vez esa sea, después de todo, la manera más profunda de inspirar futuros: seguir tejiendo.
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