Me quieren quitar la marca: Territorio de Equidad
Me quieren quitar la marca: Territorio de Equidad
Por: Victor Manuel De Luque Vidal
Hace unos días recibí una noticia que, más allá de sus implicaciones jurídicas, terminó llevándome a revisar una historia que comenzó varios años atrás: quieren cancelar el registro de Territorio de Equidad, una marca que nació para darle nombre a una manera de trabajar con las comunidades y que, con el tiempo, terminó reuniendo buena parte de lo que he aprendido sobre desarrollo territorial.
Desde entonces he pensado mucho en lo que significa crear una marca y en ese proceso, difícil de identificar en el tiempo, mediante el cual un nombre comienza a llenarse de lugares, personas, experiencias y recuerdos. Cuando escucho Territorio de Equidad, mi memoria me lleva inmediatamente a Puebloviejo, a Yotojorotshi, a las carreteras de La Guajira y el Magdalena, a reuniones bajo el sol, a conversaciones con pescadores y artesanas, a niños corriendo alrededor mientras hablábamos con sus mayores y a tantas mesas en las que instituciones muy diferentes intentaron encontrar una razón para trabajar juntas.
Todo comenzó antes de que existiera el nombre, recorriendo comunidades donde las necesidades aparecían conectadas unas con otras y cualquier intervención terminaba revelando muchas más preguntas de las que habíamos llevado. Llegábamos desde una empresa de energía y muy pronto la conversación incluía agua, educación, generación de ingresos, infancia, movilidad, medio ambiente, infraestructura y oportunidades. La realidad de esos territorios nos fue mostrando que trabajar sobre una sola dimensión dejaba demasiadas cosas por fuera y que necesitábamos una manera de acercarnos capaz de comprender esas conexiones, organizar esfuerzos y convocar capacidades que hasta entonces permanecían dispersas.
Territorio de Equidad surgió para darle forma a esa visión. La empresa podía aportar unas capacidades, las instituciones públicas otras, mientras las universidades, fundaciones y organizaciones sociales tenían conocimientos y recursos que podían incorporarse. En el centro estaban las comunidades, con una comprensión de su territorio indispensable para saber dónde estábamos, qué había ocurrido antes y cuáles soluciones podían tener sentido. De esa combinación fue apareciendo una forma de trabajo que se hizo más clara a medida que avanzábamos.
En Puebloviejo fuimos encontrando pescadores, familias, organizaciones y aliados con quienes se construyeron procesos alrededor del desarrollo productivo, la educación, las condiciones asociadas a los servicios públicos y el fortalecimiento comunitario. Cada nueva conversación abría posibilidades y la llegada de otros actores ampliaba aquello que inicialmente habíamos imaginado, hasta comprender que uno de los mayores aportes que podíamos hacer consistía precisamente en conectar capacidades alrededor de problemas que durante demasiado tiempo habían sido atendidos de manera separada.
Esa misma manera de trabajar nos llevó hasta Yotojorotshi, una comunidad wayuu en La Guajira a la que llegué por primera vez alrededor de un proyecto relacionado con el acceso al agua. Llevábamos, como suele ocurrir en las organizaciones, información suficiente para explicar lo que pretendíamos hacer, pero en el territorio fueron apareciendo elementos que nuestros documentos no alcanzaban a contener. Las mujeres tejían mientras conversábamos, los niños dibujaban su comunidad y los líderes explicaban necesidades, distancias, historias y expectativas con una precisión construida durante generaciones de habitar ese lugar.
A Yotojorotshi regresamos durante los años siguientes y cada visita fue ampliando nuestra comprensión de la comunidad y de las posibilidades que podían construirse con ella. Fueron apareciendo soluciones relacionadas con agua, energía solar, primera infancia, fortalecimiento de las artesanas y movilidad para los estudiantes, mientras nuevos aliados conocían lo que estaba ocurriendo y encontraban una manera de participar. Cada organización aportó desde sus capacidades y la comunidad fue haciendo suyo un proceso que comenzó a recorrer caminos que nosotros mismos no habíamos previsto. Esa experiencia terminó incorporando a mi manera de comprender el desarrollo territorial una certeza que todavía me acompaña: las transformaciones adquieren mayor capacidad de permanecer cuando consiguen convocar actores, conocimientos y recursos que continúan movilizándose más allá de la intervención inicial.
Por eso me resulta tan particular que ahora tengamos que demostrar que Territorios de Equidad ha sido utilizado. Comprendo que existe una dimensión jurídica y administrativa que exige evidencias específicas y que deberá atenderse con el rigor correspondiente, pero conocer la solicitud de cancelación terminó despertando en mí una pregunta diferente: ¿cómo se demuestra la existencia de algo que durante años ha ocurrido principalmente entre personas?
Podemos reunir informes, fotografías, presentaciones, publicaciones, contratos, indicadores, actas y registros de actividades, y seguramente tendremos que hacerlo. Mientras pienso en todas esas evidencias aparecen también otras que difícilmente encuentran una casilla en un expediente: la artesana que fortaleció su trabajo, el pescador que participó en un proceso para mejorar sus capacidades productivas, el niño que ahora cuenta con mejores condiciones para desplazarse a estudiar, la familia que recibió una solución que incidió en su vida cotidiana, el líder comunitario que recuerda nuestras visitas y las organizaciones que conocieron estos territorios porque alguien las invitó a mirar hacia ellos y terminaron haciendo parte de su historia.
Todo esto me ha hecho volver sobre una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando escogemos un nombre: ¿qué es realmente una marca? Al comienzo puede ser una elección, unas palabras capaces de reunir una intención y nombrar aquello que queremos construir. Después empieza un proceso mucho más largo en el que ese nombre necesita encontrar contenido, recorrer lugares, ser pronunciado por otras personas y acumular experiencias capaces de otorgarle significado.
Territorio de Equidad fue construyendo ese contenido durante años. Cada viaje agregó algo, cada comunidad modificó nuestra manera de trabajar, cada dificultad obligó a revisar lo que creíamos saber, cada alianza amplió las posibilidades y cada regreso permitió descubrir que algunas decisiones habían funcionado mientras otras necesitaban corregirse. Así fue apareciendo una metodología que nunca estuvo completamente escrita desde el comienzo porque se fue construyendo en la experiencia, aprendiendo del territorio y de las personas que aceptaron hacer parte de ella.
Tal vez esa sea una de las razones por las que esta situación me inquieta. He dedicado buena parte de mi vida profesional a trabajar alrededor de territorios y he aprendido que las palabras adquieren un peso distinto cuando han sido pronunciadas muchas veces frente a las mismas comunidades. Prometer, regresar, cumplir, explicar, reconocer un error y volver a intentarlo van dejando una memoria que las personas conservan y transmiten, una memoria en la que también quedan registrados quienes llegaron, lo que hicieron y la manera en que se relacionaron con ellas.
Territorio de Equidad tiene esa memoria en Puebloviejo y en Yotojorotshi, en las personas que participaron, en quienes llegaron como aliados, en quienes estuvieron desde el comienzo y en quienes se fueron sumando cuando descubrieron que podían aportar algo. Está hecha de nombres propios, conversaciones, kilómetros recorridos, dificultades que alguna vez parecieron imposibles de resolver y pequeñas victorias que probablemente nunca ocuparán la portada de un informe corporativo, pero que adquieren una dimensión enorme cuando se observan desde la vida de quienes las experimentaron.
Por eso esta discusión sobre una marca terminó llevándome mucho más lejos de lo que esperaba y me hizo pensar también en la autoría, en el significado y en ese momento imposible de precisar en que una idea comienza a formar parte de quienes ayudaron a hacerla posible. Nosotros encontramos un nombre, construimos una metodología, convocamos aliados y pusimos en marcha una manera de trabajar. Las comunidades la llevaron a la realidad, la obligaron a evolucionar, incorporaron sus conocimientos y terminaron otorgándole significados que ninguna definición inicial habría podido anticipar.
Ahora tendremos que defender Territorio de Equidad en los escenarios correspondientes y explicar mediante documentos una historia que conocemos bien porque la hemos vivido. Mientras reunimos esas evidencias, seguiré pensando que una parte fundamental de la prueba sobre su existencia permanece dispersa en los lugares por donde ha pasado, en Puebloviejo, en Yotojorotshi y en las personas capaces de contar qué ocurrió allí y qué quedó después de tantos años de trabajo compartido.
Tal vez esa sea la reflexión más importante que me deja todo esto. Una marca comienza con la decisión de nombrar una idea y va adquiriendo significado a medida que esa idea encuentra personas dispuestas a convertirla en realidad. Con los años puede llegar a formar parte de una memoria compartida que reúne experiencias, aprendizajes, afectos, dificultades y transformaciones. Cuando alcanza ese lugar, comprender su verdadera dimensión exige volver a los sitios donde fue construida, recorrer nuevamente sus historias y escuchar a quienes estuvieron allí.
"Si alguna vez alguien quiere saber qué significa Territorio de Equidad, habrá que ir al territorio, conversar con su gente y permitir que sean ellos quienes cuenten la historia de esas tres palabras." @VDeLuque
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