Gretta

Regresos que terminan revelando el verdadero significado del tiempo.

Hace tres años, Angie Mansur, Gretta con Ganas, llegó por primera vez a Yotojorotshi para acompañarnos en la inauguración de la planta de agua potable. Aquella jornada reunió a una comunidad, a varias organizaciones y a muchas personas convencidas de que el acceso al agua podía transformar la vida cotidiana de las familias. Lo que ninguno de nosotros alcanzó a dimensionar fue que ese día también comenzaba una relación con el territorio que todavía continúa escribiéndose.


Tres años después volvimos.

El camino seguía atravesando la misma inmensidad guajira. El viento conservaba esa manera de recorrer los trupillos, aunque esta vez lo hacía con una fuerza especial, los chinchorros permanecían suspendidos bajo el yotojoro y la arena seguía marcando el ritmo de la vida. La transformación aparecía en otra parte. Estaba en los rostros, en las voces, en los pequeños detalles que solo el tiempo sabe construir.

Los niños ya no eran los mismos. Algunos apenas levantaban la mirada cuando nos conocimos; ahora corrían por la escuela, conversaban con naturalidad y se acercaban con la confianza reservada para quienes alguna vez hicieron parte de sus recuerdos. Mientras los veía moverse entre las aulas comprendía que el tiempo también puede medirse en estaturas, en sonrisas, en la manera distinta de pronunciar un nombre.
Yotojorotshi había seguido creciendo. La planta de agua ya no era una obra reciente; era parte de la vida de la comunidad. La escuela respiraba actividad, los espacios conservaban el cuidado de quienes los sienten propios y el territorio transmitía esa sensación de equilibrio que solo aparece cuando las transformaciones consiguen echar raíces.

Con frecuencia las inauguraciones convocan la atención durante un día. Después llega el tiempo de cuidar, sostener, apropiarse y permanecer. Allí comienza la verdadera vida de un proyecto. Eso fue lo que Gretta encontró en este regreso, un territorio que siguió escribiendo su historia mucho después de que las fotografías dejaran de circular.

La noche nos reunió alrededor del fuego. Mientras el sonido de la Kasha acompañaba la conversación y las llamas iluminaban los rostros, Angie abrió su iPad y comenzó a dibujar. Sobre la pantalla fueron apareciendo la luna, la hoguera, los niños y el paisaje que tenía enfrente. Los recuerdos también buscan la forma de quedarse, y aquella ilustración terminó convirtiéndose en otra manera de agradecer la hospitalidad de Yotojorotshi.

Al día siguiente, los chinchorros volvieron a sostener las conversaciones largas y los niños encontraron un nuevo motivo para acercarse a la mesa donde Gretta seguía dibujando, esta vez acompañada por una pequeña audiencia que observaba cada trazo con fascinación, siguiendo el recorrido del lápiz, línea tras línea, descubriendo que la memoria también puede dibujarse.

Mientras la veía compartir con ellos pensé que regresar nunca consiste únicamente en volver a un lugar. Es reconocer que el tiempo siguió haciendo su trabajo mientras uno estaba lejos. Los niños habían crecido, los árboles ofrecían una sombra más amplia y el territorio conservaba intacta esa armonía que nace del cuidado cotidiano. Yotojorotshi nos recordó que las transformaciones verdaderas echan raíces, encuentran su lugar en la vida de las personas y, con los años, terminan formando parte del paisaje. El cuidado también deja una geografía, una hecha de agua, de árboles, de niños que crecen y de personas que siempre encuentran un camino para regresar.

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