Aida

Las canciones viajan igual que los ríos. Cambian de paisaje, atraviesan generaciones y siempre encuentran la manera de volver al mar. Aida Bossa conoce ese recorrido. Lleva años acompañando ese regreso.


Salí de su concierto acompañado por la voz de las abuelas.

No apareció de inmediato. Las memorias verdaderas caminan despacio, igual que las mujeres mayores cuando atraviesan un patio con un pocillo de café entre las manos. Primero fue una décima, después una historia, luego un arrullo que parecía venir desde muy lejos. Poco a poco el teatro fue cediendo su lugar. Las luces se volvieron apenas un resplandor y terminé sentado otra vez en aquella casa de Riohacha donde una mujer llamada Micaela sostenía a un niño entre sus brazos.

La fotografía ha vivido conmigo más de cuarenta años. Siempre encontró la manera de permanecer. Acompañó mudanzas, despedidas, los libros que fueron ocupando la casa y los años, que hicieron su trabajo con la misma paciencia que ella. Durante mucho tiempo vi a un niño mirando a la cámara con la serenidad de quien todavía desconoce el peso del tiempo. Vi a mi abuela abrazándolo con esa naturalidad de las personas que aman sin imaginar que también están construyendo la memoria de alguien.

Nunca vi la canción. Las fotografías también guardan sonidos. Los conservan hasta que la vida aprende a escucharlos.

Aquella noche, en Riohacha, bastaron los primeros compases de Pindero y Florón. El llamador marcó el pulso, la tambora encontró su sitio y el teatro empezó a respirar con el mismo compás de aquellos patios donde las canciones nunca aprendieron a marcharse. La voz atravesó el teatro y siguió de largo hasta la casa. Regresó el vaivén de la mecedora, el olor del café recién colao', la ventana abierta dejando entrar la brisa de la tarde. Micaela volvió a envolverme con aquel arrullo que tantas mujeres habían confiado antes sobre los párpados de sus hijos, de sus nietos y de los hijos de sus vecinos, mucho antes de que alguien sintiera la necesidad de llamar patrimonio a aquello que simplemente era la vida.

En el Caribe las canciones nunca preguntan el nombre de quien las canta. Van pasando de una garganta a otra con la misma mansedumbre con la que la sombra de un trupillo alcanza el patio vecino cuando la tarde empieza a bajar.

La fotografía volvió. Esta vez el niño dejó de ocupar el centro de mi mirada. Micaela también. Entre los dos viajaba una canción. Bastaba esa canción. Siempre había bastado.

Los años siguieron haciendo su oficio. Las manos aprendieron otras arrugas, los patios recibieron otros pasos y los niños terminaron pareciéndose a sus padres. Los arrullos, en cambio, continuaron encontrando el camino de una garganta a otra con la discreción de las cosas que nunca necesitan anunciar su importancia para permanecer.

Las abuelas también escriben coincidencias. La hija de Aida se llama Micaela.

Ese nombre atravesó el teatro y, casi al mismo tiempo, Samuel llegó hasta mi memoria. Mi hijo ocupó su lugar en aquella ronda alegre donde mi abuela, la pequeña Micaela, Samuel y yo parecíamos compartir el mismo instante. La canción seguía haciendo su viaje de unos brazos a otros con la serenidad de las viejas costumbres que nunca se extravían.

Las tradiciones vuelven a respirar alrededor suyo. Regresan al fogón, al chinchorro, al patio donde cae la tarde sin apuro, a la conversación que encuentra tiempo para contarse completa. Cada canción recupera la casa donde nació y vuelve a sentirse cómoda entre la gente que la reconoce como parte de su propia historia.

Al regresar busqué la fotografía y permanecí un largo rato frente a ella, La casa fue quedándose en esa quietud que llega después del café, cuando la brisa mueve apenas las cortinas y las voces de las abuelas vuelven a ocupar su lugar. Micaela llegó envuelta en el mismo arrullo con que tantas veces me condujo hasta el sueño.

Aida apareció de nuevo. Esta vez no sobre un escenario, sino caminando entre tantas mujeres que han sostenido la memoria del Caribe sin nombrarla nunca de ese modo. La prepararon junto al café de la mañana, la mecieron en un chinchorro, la dejaron descansar sobre los párpados de un niño y la entregaron a la siguiente generación con la naturalidad de quien comparte el pan. Las canciones siguieron su camino, buscando otra garganta donde volver a hacerse casa.

Aquella noche el Caribe volvió a hacer lo que mejor sabe hacer. Pasó de una voz a otra, de unos brazos a otros, de una generación a la siguiente. Aida abrió la puerta. Micaela empezó a cantar. Y comprendí que algunas canciones nunca regresan solas: siempre vuelven tomadas de la mano de alguien que las ama.

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