Reconocerse mar

Antes de que el último hilo de luz desapareciera, ocurrió algo que rara vez advertimos.



El horizonte dejó de parecer una línea y empezó a sentirse como parte de la respiración. Todo estaba allí: el mar, el cielo, el viento, el rumor lejano de la vida, pero ninguno buscaba imponerse. Cada elemento ocupaba su lugar sin hacer el menor esfuerzo por ser el centro de la escena.

Mientras el día perdía altura, una idea encontró su forma: los mapas dicen dónde terminan las cosas. Los horizontes, en cambio, existen para recordarnos dónde empiezan las preguntas. Después de contemplar uno el tiempo suficiente, siempre hay algo que emprende el camino de regreso de una manera distinta.

La naturaleza jamás ha intentado enseñarnos nada. Siempre estuvo allí. Somos nosotros quienes, de vez en cuando, llegamos lo bastante despacio para escucharla.

Algunos atardeceres llegan con la discreción de las cosas que cambian algo sin anunciarlo. Uno permanece mirando el horizonte y, sin saber en qué momento ocurrió, descubre que el tiempo ha dejado de avanzar. Empieza a sedimentarse, igual que esos ríos que, después de recorrer cientos de kilómetros, revelan que su mayor obra nunca fue la distancia recorrida, sino la paciencia con la que transformaron cada orilla.

Mientras el sol descendía tuve la impresión de que la luz no se marchaba. Iba distribuyéndose entre las cosas: una parte quedaba sobre el agua, otra descansaba en las nubes y la más difícil de advertir encontraba refugio en la memoria de quienes permanecíamos allí. Por eso algunos paisajes siguen iluminándonos mucho después de haberlos dejado atrás.

Sin darme cuenta, empecé a mirar el horizonte de otra manera. Siempre creí que aquel era el punto donde el cielo y el mar se encontraban. Esa tarde vi algo distinto. El horizonte inventó una forma de acercar dos infinitos. Permanecen frente a frente desde hace millones de años y ninguno necesita ocupar el lugar del otro. Les basta compartir la misma inmensidad.


Seguí mirando el mar hasta que dejé de esperar que ocurriera algo. Todo estaba ocurriendo desde mucho antes. Ninguna ola conservaba la forma de la anterior y, aun así, el mar parecía el mismo. Durante siglos ha cambiado sin dejar de reconocerse mar. No nos convierte un solo acontecimiento. Nos convierte la suma paciente de conversaciones, pérdidas, afectos, despedidas, encuentros y desencuentros que, sin anunciarse, van redibujando la orilla desde la que aprendemos a mirar el mundo.

Cuando me fui supe que el horizonte había hecho su trabajo. Esa tarde seguía caminando conmigo. Cada vez que vuelvo a ella, encuentro algo que aquella primera mirada todavía no había terminado de decirme.

Nunca me inquietó no alcanzar el horizonte. Su tarea nunca fue esperar mi llegada. Cada vez que vuelvo a uno, regreso con una pregunta distinta.

Por eso los horizontes nunca cambian de lugar. Los que regresamos siendo otros somos nosotros.

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