¿Cómo logramos que las personas vuelvan a mirar aquello que siempre estuvo frente a ellas?
¿Cómo logramos que las personas vuelvan a mirar aquello que siempre estuvo frente a ellas?
No recuerdo la primera vez que vi o fui a la Ciénaga de Mallorquín. Supongo que fue igual que para muchos de los que hemos vivido en Barranquilla, estaba ahí, al borde de una carretera, aparecía durante unos segundos detrás de la ventana del carro y desaparecía antes de que alcanzara a preguntarme qué había realmente detrás de ese paisaje. Con el tiempo terminó convirtiéndose en una imagen familiar. La veía con frecuencia, pero nunca había sentido el impulso de entrar en ella.
Mirar un territorio y conocerlo son cosas muy distintas. La invitación me llegó de Luis González, para acompañarlo a sembrar mangles en la ciénaga. Acepté sin imaginar que aquella mañana terminaría haciéndome preguntas que todavía siguen conmigo.
Todo comenzó en CUNA, la Escuela del Manglar. Sobre las mesas estaban expuestos mapas, fotografías aéreas, dibujos de las especies que habitan este ecosistema y cuadernos llenos de anotaciones. Muy cerca había cientos de pequeñas plántulas de mangle rojo creciendo, esperando el momento de salir del vivero. Y por supuesto nos hablaron de los cinco tipos de mangle del lugar: Amarillo, negro, rojo, blanco y Zaragoza.
Me quedé observándolas, eran apenas unos tallos delgados coronados por unas pocas hojas verdes y, sin embargo, ya contenían la promesa de un bosque. Pensé que las grandes transformaciones nunca llegan de golpe. Siempre empiezan siendo pequeñas.
Después llegaron las historias. Los pescadores de Asoplaya hablaron de la ciénaga con la tranquilidad de haberla recorrido toda una vida. Cada relato estaba lleno de nombres, recuerdos y detalles que ningún mapa alcanza a registrar. Mientras los escuchaba comprendí que el territorio también se conserva en la memoria de quienes lo habitan y que hay conocimientos que solo aparecen cuando alguien decide sentarse a escuchar.
Subimos al bote cuando la mañana ya había encontrado su ritmo. El viento ocupó el lugar de las conversaciones apresuradas y el agua fue marcando la velocidad del recorrido. Barranquilla seguía dibujándose en el horizonte, pero mi atención estaba en las raíces que sostenían las orillas, en las garzas que aparecían entre los manglares y en los pequeños canales por donde la ciénaga respiraba.
Ahí comprendí mejor el trabajo de Luis.
Hasta ese día pensaba en él como un artista. Después del recorrido empecé a verlo como alguien que construye consciencia. Serpiente de la ciénaga, aquella instalación hecha con cientos de chancletas recuperadas de estas aguas, dejó de parecerme una obra artística. Empecé a verla como una consecuencia natural de haber permanecido aquí, de haber escuchado este lugar y de haber permitido que el territorio hablara antes de intervenirlo.
Llegó el momento de sembrar. Cada uno recibió una plántula de mangle rojo y caminamos unos metros hasta encontrar un espacio en la orilla. La sostuve unos segundos entre las manos antes de enterrarla. Era pequeña, flexible y el viento la movía con facilidad. Apreté la arena alrededor del tallo y permanecí contemplandola un instante. Seguramente nunca conoceré el árbol en el que se convertirá. Tampoco veré las aves que descansarán sobre sus ramas ni los peces que encontrarán refugio entre sus raíces. Pensar en eso produjo una serenidad inesperada. Hay acciones cuyo sentido está precisamente en no pertenecernos por completo.
Durante el regreso apareció una pregunta que aún sigue acompañándome.
¿Cómo logramos que las personas vuelvan a mirar aquello que siempre estuvo frente a ellas?
Llevo años buscándole respuesta desde el trabajo con comunidades. Ese día no la encontré en una metodología ni en un concepto. La encontré navegando la ciénaga, escuchando a quienes la conocen desde siempre y sembrando un árbol que crecerá para otros.
Los territorios nunca han estado en silencio. El agua, el manglar, las aves y las comunidades han contado su historia todos los días. Lo que suele faltar no son nuevas voces. Es nuestra disposición para escucharlas.
Regresé a casa con la sensación de haber conocido un lugar que llevaba toda la vida acompañándome. La ciénaga seguía siendo la misma. Lo que había cambiado era el vínculo que ahora sentía con ella.
Desde entonces he pensado que cuidar un territorio comienza mucho antes de protegerlo. Comienza el día en que dejamos de atravesarlo y decidimos habitarlo con la mirada.
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