Ajá Chechi... sonríe! Sabroso.
Lo que más me sorprendió de Chechi fue descubrir que existen personas que cocinan exactamente igual a como hablan: sabroso.
Llegué a La Puerta Rosada pensando que iba a conocer la cocina de una de las chefs más interesantes del país. Me fui con la sensación de haber visitado el universo de una artista que eligió la cocina como su manera de decir quién es.
No hicieron falta presentaciones. Era la comadre, la amiga de mis amigos, alguien que parecía conocido antes de estrecharle la mano. Me recibió con esa cercanía que hace sentir que uno llega a una casa y no a un restaurante. Bastaron unos minutos para que hablara de sí misma con la misma naturalidad con la que otros hablan del clima. Sonrió y dijo:
—Yo hago de todo. Soy artista.
A partir de esa frase, todo empezó a conversar entre sí. El lugar adquirió otro significado. Las paredes rosadas, las flores, las vajillas pintadas a mano, las palabras repartidas por los rincones y los colores intensos ya no parecían elementos separados. Hablaban el mismo idioma y llevaban la firma de la misma artista. Nada estaba ahí para decorar. Todo contaba algo de ella.
En Chechi, cocinar, pintar, diseñar y contar historias nacen del mismo impulso creativo. Cada plato, cada trazo, cada objeto y cada rincón forman parte de una obra que no termina en la mesa, sino que continúa en la conversación que uno se lleva.
Mientras conversábamos apareció otra de esas frases que solo nacen en un territorio:
—Ejpelucao el kibbeh
No hubo palabras rebuscadas ni términos de alta cocina. No dijo "desestructuré" o "reinterpreté". Dijo ejpelucao. Bastó un verbo inventado por el Caribe para explicar mejor que cualquier técnica lo que había ocurrido con una receta.
También había convertido el lenguaje en un ingrediente. Hasta las palabras pasan primero por el Caribe antes de llegar a la mesa.
Después le pregunté qué pintaba. Se rió y siendo fiel a sí misma, dijo: "Maricaas mías... Corazones"
No hablaba solo de cuadros. Hablaba de sus obsesiones, de sus colores, de sus ocurrencias, de esa libertad inmensa de crear sin pedir permiso y sin intentar parecerse a nadie.
Y entonces llegó la explicación del rosado. No fue una respuesta desde el diseño o la estética. Lo dijo con una convicción tan sencilla que terminó pareciendo una filosofía de vida: "El color rosado es bonito. Todo lo que asociamos al rosado es lindo. Es femenino."
Miré alrededor. El rosado estaba en los fogones, en las flores, en las ollas, en la marca, en las paredes, en las servilletas y hasta en ese "Ajá, sonríe" que recibe a quienes pasan por la calle. Pero el rosado aparecía, sobre todo, en la manera en que abre la puerta para recibir a cada persona. La misma puerta desde donde se despide sonriendo. Entonces uno comprende que nunca estuvo en un restaurante. Estuvo en su casa.
Había una sola mesa. Larga. Mientras conversábamos fueron llegando otras personas. Nadie preguntó dónde debía sentarse. Simplemente fueron ocupando un lugar. La conversación se fue estirando junto con la mesa. Al poco tiempo ya no era la charla entre una chef y un visitante; era un grupo de personas que, sin haberse conocido antes, compartía historias, recomendaciones, recuerdos y risas. Allí comprendí que la mesa también hacía parte de la receta. Allí no solo se compartía la comida; también se compartía la posibilidad de conocerse.
Probé un shawarma envuelto en un pan rosado que parecía llevar el Caribe abrazando al Medio Oriente. Un kibbeh profundo, intenso y generoso. Una arepa de huevo con masa de maíz negrito que recordaba que las tradiciones siguen vivas cuando encuentran nuevas maneras de contarse.
Cada bocado tenía el mismo lenguaje que la conversación. Ninguno buscaba sorprender por extravagancia. Todos invitaban a descubrir la historia que había detrás.
Quizá por eso sentí una conexión tan natural con Chechi. Hace algún tiempo escribí que los datos necesitan el relato. Ese día confirmé que las recetas también.
Chechi cocina para alimentar el cuerpo, alimentar la imaginación y reunir personas alrededor de una mesa. Por eso, cuando uno cruza esa puerta rosada, no entra únicamente a un restaurante. Entra al lugar donde una artista decidió pintar con los sabores. Y cuando sale, no se lleva solamente el recuerdo de un shawarma, un kibbeh o una arepa de huevo. Se lleva una conversación, una risa, una palabra, un color y la certeza de que también hay personas capaces de cocinar exactamente igual a como hablan: sabroso.
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