El Condumio de Alex
Condumio es una palabra mucho más grande que su definición.
Llegué a la presentación de un libro y terminé sentado alrededor de una mesa invisible. Una de esas mesas que no caben en los auditorios porque vienen de mucho más atrás. Vienen de las cocinas de la infancia, de las abuelas que cocinaban para diez aunque esperaran a cuatro, de los almuerzos que comenzaban con hambre y terminaban convertidos en historias.
Mientras escuchaba a Alex hablar de su libro, pensaba que hay palabras que sobreviven porque guardan algo que nos negamos a perder. Y eso es Condumio.
Condumio era la excusa. La razón por la que alguien llegaba. La manera en que una casa decía “bienvenido”. La prueba de que todavía había lugar para uno más.
Por eso conserva una calidez que otras palabras han ido dejando en el camino. Habla de vínculos, de personas, de aquello que sucede cuando alguien pone algo en el centro de la mesa y, por un momento, todos dejamos de ser individuos para convertirnos en comunidad.
La literatura, pensaba anoche, se parece mucho al condumio. Un libro, en el fondo, es alguien que cocina lentamente una parte de su vida para compartirla con otros. Sentí que Alex había preparado precisamente eso. Una mesa hecha de recuerdos, aromas, afectos y relatos. Un libro que parece recordarnos algo que el mundo moderno a veces olvida. Las historias, igual que los alimentos, saben distinto cuando se comparten.
Mientras observaba el libro entre las manos de los asistentes, las conversaciones que iban y venían por el auditorio y las sonrisas de quienes acompañaban la presentación, me encontré pensando en una verdad sencilla. La abundancia rara vez ha tenido que ver con acumular. La abundancia vive, más bien, en la capacidad de compartir.
Está en quien mueve una silla para que alguien más se siente a la mesa. En quien sirve un plato adicional porque intuye que puede llegar un visitante inesperado. En las sobremesas que se alargan porque nadie tiene prisa por irse. En las historias que encuentran oídos dispuestos a escucharlas. En esos encuentros donde el tiempo deja de medirse por el reloj y comienza a medirse por la calidad de la compañía.
Por eso pensé que hay palabras que alimentan el cuerpo y otras que alimentan la memoria. Algunas tienen el extraño don de hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Anoche, alrededor de Condumio, ocurrió precisamente eso. Un grupo de personas se reunió para conversar sobre un libro y terminó recordando algo mucho más profundo. Que las mejores historias y los mejores afectos suelen compartirse de la misma manera, alrededor de una mesa donde siempre parece haber espacio para uno más.
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