Una paredilla de letras
En esta imagen tomada en La Cueva ocurre un cruce de tiempos. Los rostros inmóviles del Grupo de Barranquilla, en esa mesa que se convirtió en mito, parecen conversar con las sonrisas vivas de quienes seguimos apostando por la palabra como lugar de encuentro.
Hoy leí la columna de Marga Palacio, con su paredilla que separa y al mismo tiempo comunica, y pensé que dialoga con esta escena. Aquellos hombres que se reunían en la Cueva construían también sus propias paredillas de papel y tinta. No levantaban muros para encerrar, sino pasajes por donde circulaban relatos, metáforas, anécdotas y sueños que se volvían alimento compartido.
Pienso en las tacitas de azúcar, en los mangos y en las cáscaras de piña que Marga describe. La literatura funciona igual. Un cuento escrito en soledad termina convertido en un sorbo de agua o en un trozo de fruta que llega al patio del vecino. Así nació Cien años de soledad en un escritorio, y así terminó alimentando la memoria de todo un continente. Del mismo modo, una columna, un poema o un relato compartido nos acompaña más allá de la página.
La solidaridad de barrio que evoca también late en la creación literaria del Caribe. Existe una urgencia de tejer comunidad con la palabra, de hacernos parte de una red que nos sostiene. La Cueva fue más que un sitio de bohemia, fue una paredilla abierta hacia el mundo. Allí circularon libros, discusiones, carcajadas y silencios. De esa mesa brotó una manera de narrarnos que aún bebemos, como quien recibe una jarra de chicha que cruza de una casa a otra.
Frente a esa herencia, la imagen del vecino que se niega a prestar una contraseña de wifi resulta un símbolo de desarraigo. Aquí estamos hechos de dar y recibir. Lo poco que tenemos siempre encuentra el camino para volverse común. La literatura nacida en este territorio no se guarda, pasa de mano en mano, de generación en generación, como herencia de solidaridad.
Por eso, cuando miro la foto, siento continuidad. Los que alguna vez se sentaron en esa mesa nos recuerdan que las letras también levantan paredillas con huecos por donde asoma la ternura, la complicidad y la memoria compartida.
La vida se engrandece en lo que compartimos. La literatura y la vecindad nos enseñan lo mismo, que siempre hay un hueco abierto para que pase la palabra.
Porque en este Caribe, escribir es también abrir un hueco en la pared para que circule la vida.
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