Una tarde con Marsolaire

Una tarde con Marsolaire

Por: Victor Manuel De Luque Vidal - @vdeluque

El mensaje llegó sencillo y con la calidez de casa, me invitaban a un club de lectura llamado Marsolaire, en honor a la obra de Amira de la Rosa. Detrás del nombre percibí un gesto de ciudad, de memoria viva, de mujeres que han sabido sostener la cultura con paciencia de taller y acepté con gratitud.


Nos reunimos en Nonna Rosa, bajo esa pared roja y cuadros que miran de frente. Sobre un círculo verde, un rostro de mujer parecía custodiar la mesa, obras de los artistas Carla Celia y Joaquín Botero. La lámpara, trabajada en hierro blanco, derramaba una luz mansa sobre nosotros, las copas, las manos. Todo tenía aire de rito íntimo.

Ellas llegaron puntuales, elegantes y serenas, odontólogas, pedagogas, abogadas, empresarias. Damas de oficio y de arte, lectoras fervorosas. En sus gestos cabía una vida de historias. Una hablaba con la seguridad de quien ha curado dolores; otra escuchaba con atención de maestra; otra traía ese brillo de quien defiende causas; otra olía a emprendimiento bien hecho. Todas, artistas por el modo en que tocan los libros.


El turno fue para Andando entre relatos. Abrí el libro con cuidado, conté cómo llegamos a estos relatos. Leí en voz alta un cuento nuevo, y la sala respiró al mismo ritmo. Aparecieron escenas de patios, la brisa en calles de tierra, los oficios que guardan a las familias, los afectos que encuentran forma en una taza, en una promesa sencilla. Ellas iban hilando recuerdos mientras yo pasaba de una línea a otra. Cada pausa traía una pregunta, una risa breve, un silencio que decía más.

Comprendí que en estos clubes la literatura se encuentra compañía. El libro es vecina de mesa, se sienta, escucha, devuelve una palabra que alivia. Ese acto de leer en conjunto produce una corriente suave, una especie de río que recoge las aguas que trae cada quien. Allí la ciudad se entiende a sí misma. La infancia de una se encuentra con la sobremesa de otra. El jardín de una casa del Barrio el Prado toca la puerta de una en Ciénaga. La cátedra de una maestra se cruza con una receta de la Botica heredada. Todo entra a la conversación con naturalidad.


Pensé en Amira y en la delicadeza con que nombró dolores y luces. Pensé en esas lectoras que, semana tras semana, sostienen el fuego encendido. Marsolaire honra una tradición, mujeres que organizan, afinan la escucha, levantan una lámpara para que la palabra alcance su mejor sombra. En ese gesto cotidiano hay una forma de resistencia cultural. Allí se preserva lo que somos y se impulsa lo que podemos llegar a ser.

Cerramos la tarde con gratitud. Me regalaron comentarios que valen más que una reseña. Hablamos de fragmentos favoritos, de personajes que piden segunda oportunidad, de lugares que merecen volver a ser nombrados. Me llevé la certeza de que Andando entre relatos también pertenece a este círculo que cuida, pregunta, celebra.

Gracias, Marsolaire. Gracias a esas damas que convierten un restaurante en sala de estar, una lámpara en faro, una lectura en comunidad. Que el nombre de Amira siga abriendo puertas y que su legado encuentre siempre estas manos dispuestas. Allí donde ustedes se reúnan, la ciudad tendrá memoria y el libro tendrá hogar.


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