Las fechas a las que uno querría no volver

Las fechas a las que uno querría no volver

Por Víctor Manuel De Luque Vidal

Hay fechas que no se anuncian con campanas ni se celebran con brindis. Días que el calendario no marca con rojo, pero que el alma subraya con tinta indeleble. Fechas como el 27 de julio de 2022, a las que uno querría no regresar, y sin embargo, cada año nos devuelven al mismo sitio: ese instante suspendido donde el tiempo se partió en dos.


Fue el día en que Mamabella cruzó el umbral de lo visible. No puedo decir que se fue, porque hay presencias que no obedecen a la lógica de los cuerpos. Pero tampoco puedo olvidar que dolió. Porque dolió mucho. Y duele aún.

Hay silencios que solo dejan los seres que supieron estar sin hacer ruido, pero cuya ausencia truena en cada rincón. La casa no quedó vacía, pero algo se desacomodó para siempre. El caldero no volvió a sonar igual sobre la estufa. Y el café de la mesita, aunque se siga sirviendo, ya no sabe a regreso.

Uno quisiera esquivar el 27 de julio como quien rodea una herida abierta. Pero hay días que nos alcanzan, así cerremos los ojos. Y entonces hay que mirarlos de frente, no para sufrirlos otra vez, sino para convertirlos en otra cosa.

Porque, si uno escucha bien, la tristeza también habla de amor.
Y el duelo, cuando se honra, es otra forma de permanencia.

Mamabella me enseñó muchas cosas, incluso sin proponérselo. Me enseñó que el carácter no necesita alzar la voz para hacerse respetar, que la verdadera fortaleza se revela en la calma con la que se sostiene una casa cuando todo tiembla. Que la sensibilidad no es debilidad, sino sabiduría para mirar con ternura lo que otros solo ven de paso. Que el amor, el verdadero, no exige, no presiona, no impone: acompaña.
Y que la solidaridad no es un discurso, sino una costumbre: seguir cocinando en olla grande, abrir la puerta aunque duela, compartir la esperanza incluso cuando escasea.

Ella fue firmeza envuelta en dulzura, decisión vestida de silencio, y amor que nunca necesitó explicarse para sentirse.

Desde entonces, he aprendido que hay otras formas de estar presente.

Una mirada que uno hereda sin saber.
Una palabra que brota y no es suya, pero suena a ella.
Un gesto que aparece solo, como si el cuerpo recordara lo que el alma aún no comprende.

Y cada año, cuando llega la fecha, ya no la rehuyo.
La convierto en altar.
En semilla.
En acto de memoria amorosa.

Porque aunque el dolor me nombre, yo elijo también nombrarla con gratitud.
Porque aunque me falte su abrazo, me sobran sus huellas.

El 27 de julio ya no es solo el día que quisiera no recordar.
Es también el día en que la miro distinto.
La celebro sin ruido.
La lloro sin vergüenza.
La llevo conmigo.
Y la siembro, cada año, en todo lo que intento hacer con amor.

Porque hay fechas que duelen… pero también nos dan raíz.
Y mientras haya raíz, siempre habrá forma de continuar.

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