La multiplicación de los cuadros – La libertad guiando al pueblo
La multiplicación de los cuadros – La libertad guiando al pueblo
(Una lectura de la obra de Álvaro Barrios, 2023) 2025. Por: Victor Manuel De Luque Vidal
Hay piezas que no admiten la quietud: se escapan del marco y respiran al ritmo de quien las mira. La versión que Álvaro Barrios hace de La libertad guiando al pueblo con la genial ironía luminosa llamada La multiplicación de los cuadros, es una de ellas. Aquí, la historia deja de ser cita erudita y se transforma en umbral: un espacio donde el pasado y el presente conversan con acento local y brisa salobre.
Cuando está obra cayó en mis manos, el rectángulo dejó de ser objeto y se volvió espejo coral. Allí convergen los prófugos del 19 de noviembre y los insurgentes secretos de una madrugada en el Caribe: rostros que el amanecer apenas consigue nombrar.
Delacroix nos regaló a la Libertad alzando la bandera como quien alza el pecho ante el fogonazo de la pólvora; Barrios la acerca a nuestra geografía íntima y tiñe su estandarte con la tipografía de Antonio Caro. La palabra Colombia aparece y reaparece, rebelde, insistente, sobre una marejada de banderas rojas que, más que ondear, palpitan. El gesto no es copia: es cirugía conceptual. Al injertar la firma visual de Caro en el lienzo francés, el artista abre una incisión en la trama del relato nacional y revela la cicatriz que todavía pulsa bajo la piel del tiempo.
Miro las banderas encendidas y escucho voces: “¡Colombia, Colombia!”, un eco que no siempre es júbilo, a veces es súplica. Los rostros que marchan junto a la diosa son campesinos sin mito, obreros sin estatua, mujeres que cargan una patria más pesada que el fusil y un niño al que aún le cabe el porvenir en la mirada. Sobre sus hombros flamea la promesa de un país que aún no terminamos de pronunciar. Barrios multiplica el cuadro porque sabe que una sola tela no alcanza para tanto deseo atravesado.
Avanzan sobre un lecho de rosas carmesí, flor nativa de la obstinación, que convierte el suelo en promesa y vuelve fragancia lo que alguna vez fue herida. No hay grandilocuencia bélica: sólo la firmeza serena de quienes comprenden que la libertad se amasa con el barro de lo cotidiano.
La luna que estalla al fondo preside la escena como un gran farol. No otorga epifanías ni castigos; simplemente ilumina, y en esa claridad modesta se revelan los hilos que enlazan cada bandera al pulso anónimo de la gente. La revolución se entiende entonces como acto íntimo de alumbrar: encender la noche para reencontrar la casa propia, reconocer al vecino, tender una hamaca de palabras que no excluya a nadie.
Pienso en el Caribe que me habita, un territorio donde el viento cuenta historias más rápido que los periódicos, y donde el sol no siempre alcanza para secar las lágrimas de la injusticia. Una costa donde hay banderas, sí, pero también camisas empapadas de sudor obrero y mochilas sin merienda. Por eso este cuadro no reclama contemplación distante: exige complicidad y respuesta. Nos recuerda que multiplicar cuadros sólo vale la pena si también multiplicamos los gestos que agrietan el abandono y siembran dignidad a ras de suelo.
La obra de Álvaro Barrios es un mapa sin fronteras: traza un puente entre lo posible y lo pendiente. Nos invita a caminarlo con paso sereno, con la ternura obstinada del pétalo que se niega a marchitar y con la luna por testigo. Porque la libertad, cuando se hace verbo y no estandarte, deja de ser trofeo de fechas patrias y se vuelve tarea diaria: una caligrafía que se corrige al calor del café de la mañana, una canción que se repite para que no se apague, un cuadro que, al rozar la mirada, decide encarnarse y guiarnos de nuevo hacia el día que falta.
Frente a la obra, comprendo que la verdadera revolución no es la del fusil ni la de la galería, sino la de la mirada que se deja inquietar. Un recordatorio de que la libertad nunca se firma con punto final, sino con puntos suspensivos sobre los que seguimos escribiendo, con tinta o con sangre, la versión más digna de nosotros mismos.
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