Hay más por imaginar

Hay días en que las ideas sudan más que la frente, y lo hacen sin pedir permiso. Te apartas del bullicio, respiras hondo y escuchas cómo las hélices del techo tejen un murmullo que parece decir: piensa más alto.


¿Y qué pienso de todo esto? Pienso que la gratitud es apenas la aldaba de una puerta que, al abrirse, revela un corredor lleno de mapas por dibujar. Las palabras se encogen frente a lo inmenso: esa mezcla de asombro y vértigo que sólo conocen quienes deciden habitar su imaginación como patria posible. Miro la imagen y descubro al hombre que se interroga a sí mismo: en sus gafas se refleja la constancia, en la barba se guarda el calendario, y en el pecho late una bandera que contiene todas las historias que aún no se han contado.

Aquí, entre máquinas rojas que parecen rutas de metro y tubos que suenan a cañerías de otro tiempo, se ensaya la más humilde de las rebeldías: creer que las buenas ideas pueden prenderse como bombillos. Cada destello mental dice: aquí estoy, cada pausa certera susurra: pertenezco a lo que sueño. Y en esa pertenencia cabe todo lo grande: la sonrisa de Samuel haciendo sus brownies - inversión y ternura a la vez -, las voces que apostaron por nosotros aun cuando el viento soplaba en contra, el eco de las abuelas que con su silencio bordaron la mesa donde hojeamos bocetos y borradores.

Agradecido, sí, pero también maravillado de que cada respiración contenga la promesa de un comienzo inédito. Porque cuando la mente despierta, despiertan los proyectos, las audacias, las semillas de futuro que aún no hemos visto germinar y que, sin embargo, ya perfuman el aire.

Lo grande no necesita definirse: basta con sentir cómo vibra en el pecho y empuja, suave pero tenaz, hacia el siguiente párrafo, la próxima reunión, la primera línea de un libro inminente.

Y mientras continúo, sentado en el borde exacto entre el sosiego y la chispa creadora, advierto que no estoy solo. Aunque la escena muestre sólo estructuras metálicas y una figura lejana en movimiento, la realidad es que uno nunca piensa aislado cuando su mochila está hecha de historias compartidas.

Ahí viajan todos: quienes soñaron con que un día pudiéramos darnos el lujo de imaginar sin culpa; quienes madrugaron para que hoy podamos acostarnos tarde afinando un plan; quienes observaron en silencio con ese orgullo que abriga, sin aplausos de fuegos artificiales. También viajan las derrotas, por supuesto, más sabias que cualquier manual de éxito, señalándonos con discreción el atajo correcto.

Y hay algo más, algo que aún no sé nombrar pero que arde suave en la mitad del pecho: ¿será fe? ¿memoriosa esperanza? ¿la comprobación de que esta mente, tantas veces campo de batalla, está volviendo a ser nido?

No sé si es alegría lo que siento, o si se trata de esa paz rara que llega cuando dejamos de escondernos de nuestra propia lucidez. Pero es enorme, lo repito. Como si la vida, en lugar de respuestas, me regalara un silencio fértil, una mirada más ancha, una fuerza que no se mide en conquistas sino en ternura proyectada.

Y en medio de todo, pienso: qué milagro tan discreto es este de volver a creer. Sin prisa. Sin pretensión. Con la mezcla exacta de cansancio, gratitud y una voluntad antigua que, pese a todo, sigue diciéndome: vamos, hay más por imaginar.

Eso pienso. Y mientras el ventilador gira y la luz rasga las persianas, las ideas siguen hablando en su lengua nítida, y el alma, atenta, toma nota.

Comentarios

Entradas populares