Lo que aún no cae
Lo que aún no cae
“Pa’ estar guindando, mejor caerse”, dicen los sabios del andén, los que han aprendido a vivir con más intuición que teoría. Lo dicen con la convicción de quien ha probado el filo del casi y ha sobrevivido al mientras tanto. Pero lo cierto es que no todo lo que cuelga está dispuesto a soltarse, y no todo lo que cae, necesariamente libera. A veces, lo que cuelga está haciendo un duelo. Está midiendo los vientos, calibrando el miedo, recogiendo el coraje. Y lo que cae, incluso, puede doler más que quedarse. Porque la caída es un verbo rotundo, pero el guindar... el guindar es una oración inacabada.
Hay momentos en que uno no pisa tierra firme ni navega el cielo abierto. Anda a la deriva en una cuerda floja que no cede, ni se rompe, ni afirma. Se es como esa fruta madura que aún no se atreve al suelo: no por falta de peso, sino por exceso de dudas. Hay algo en ese instante sin nombre, en esa pausa que se eterniza, que agota más que cualquier caída. Es el peso de lo indefinido, de lo que no ha dicho sí ni no. Lo que cuelga sin despedirse ni quedarse, lo que se agarra no por voluntad sino por miedo, termina volviéndose una jaula sin barrotes.
A veces lo más pesado no es lo que cae, sino lo que aún no ha caído. Lo que se prolonga más allá de su ciclo, lo que ya dio todo y aún insiste en quedarse. Un amor que ya no late, pero aún duerme en la cama. Un sueño arrinconado, que no muere, pero ya no canta. Vivir entre esas medias tintas desgasta más que cualquier final. Porque el cuerpo, tarde o temprano, se acomoda al golpe. Pero el alma... el alma no encuentra paz en el hilo invisible del “quizás”.
Y sin embargo, sí, sin embargo, hay dignidad en esa espera. Porque no todo lo suspendido es cobardía; a veces es un ritual. Un proceso sagrado donde se mide el momento justo. Porque no se trata solo de caer: se trata de tocar tierra con sentido. Hay frutos que se pudren por temor al suelo, y otros que entienden que la caída no es muerte, sino germinación. Que solo al soltarse, se reencuentran con la posibilidad de echar raíces nuevas, de nacer de otro modo.
Así que si vas a caerte, que sea con honra. Que no te empuje el cansancio ni te venza la costumbre. Que sea el alma la que salte, no por hartazgo, sino por claridad. Que no sea la ruptura la que decida por ti, sino la semilla que ya pide tierra. Que te caigas por amor propio, no por abandono. Por esperanza, no por derrota.
Porque hay una valentía inmensa en soltar. En decir “hasta aquí” cuando el mundo espera que aguantes un poco más. En no prolongar lo que ya no vibra. Porque a veces, con fuerza, más valiente que sostenerse… es soltarse. Y dejar que la caída no sea el final, sino el primer paso del vuelo.
Comentarios
Publicar un comentario