El Tanque Lleno
El tanque lleno
El cumpleaños no es solo la marca de un año más: es la pausa donde el alma se despereza y la mirada se afina. No es simplemente un número que se suma, sino un silencio que se llena de voces queridas, de abrazos que cruzan distancias, de palabras que no sabíamos que necesitábamos hasta que llegaron. Es una estación de paso donde se reabastece el espíritu.
Porque no todos los días se recibe tanto. No todos los días nos recuerdan —tan claro, tan hondo— que estamos vivos, y no estamos solos. Hay años en que los días pesan más que los sueños, y otros —como este— en que una simple felicitación enciende una lámpara por dentro. El cumpleaños es esa lámpara: un ritual pequeño, pero sagrado, donde el mundo nos dice, a su manera, “te vemos, te queremos, aún y aquí estás”.
Y es ahí donde entra la gratitud, no como un deber, sino como un desborde. Como un agua que no se contiene. Como un tanque que se llena hasta rebosar. Gratitud por los gestos mínimos y los afectos inmensos. Por los mensajes que llegan con ternura minuciosa. Por los silencios que acompañan con lealtad. Por cada sonrisa prestada que nos sostuvo en la víspera.
Llenar el tanque es eso: recoger cada deseo, cada palabra bonita, cada bendición como si fueran semillas. Y guardarlas en el pecho, no solo para sentirse querido, sino para recordar que el cariño es combustible de ida y vuelta. Que uno también puede bendecir, abrazar, desear bonito. Que el tanque no se llena para andar solo, sino para seguir andando con otros.
Este año, el tanque se llenó también de símbolos. Porque los símbolos son el idioma que usan las cosas para hablar.
Ahí estaban los globos, flotando como pensamientos felices que se niegan a caer.
Estaban las fotografías, pequeñas cápsulas de eternidad donde la memoria hace nido.
Estaba la pared del afecto, tejida con miradas y sonrisas que no se olvidan.
Estaba mi libro, Andando entre relatos, con cuentos que no solo narran, sino que acompañan, y páginas que aún no existen, pero ya me habitan.
Y había también música: vallenatos que no solo sonaban, sino que recordaban.
Canciones que llevaban mi infancia al oído, con acordeones que parecían saber mi nombre.
Y unos zapatos verde caimán, sí, esos mismos, que no caminan, celebran.
Zapatos que no pisan: bailan la gratitud de estar vivo.
Y estaba, por supuesto, la caja de los mil platicos. Ese cuento que escribí y que ahora es realidad: un gesto, una ofrenda, una evocación. Porque cada taza, cada plato, es un fragmento de vida, un eco de familia, un susurro de abuela, un “sírvete cafecito” que no muere.
Cada símbolo me habló.
Cada símbolo me abrazó.
Cada símbolo fue una forma distinta de decir: “Estás aquí, y tu paso por el mundo no ha sido en vano”.
Así que hoy no solo celebro un año más. Celebro que el tanque está lleno.
De cariño.
De historias.
De memorias.
De futuro.
Y que lo que me queda por andar, lo andaré con gratitud. Porque la gratitud, cuando es verdadera, no se dice: se vive. Se vuelve impulso. Se vuelve semilla. Se vuelve relato.
Y yo, mientras tenga palabras y quienes las escuchen, seguiré llenando y derramando.
Para que a otros también les llegue el día en que también digan, con el corazón en la mano:
mi tanque está lleno.
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