Alma en la víspera
La víspera de su cumpleaños no era un día cualquiera para Alfonso. Mientras en el pueblo los vecinos ensayaban cantos de feliz cumpleaños, cocinaban dulces y colgaban adornos de colores, él prefería el silencio y la brisa. Siempre había sentido que esos días, justo antes de envejecer un año más, eran menos celebración y más confesionario. El tiempo se volvía un espejo, y uno no siempre quería mirarse.
Esa mañana despertó más temprano de lo habitual. Había dormido poco, zarandeado por sueños sin argumento y preguntas sin respuesta. En la cocina, el café le supo a recuerdos. En la sala, el reloj parecía no avanzar. Y en la ventana, ahí donde a veces se posaban mariposas o el canto del sol, apareció ella.
No era una libélula cualquiera. Era la libélula. Traía en sus alas la transparencia de lo no dicho, el temblor de lo pendiente. No se movía, no batía las alas, simplemente lo observaba. Y en su quietud, había una elocuencia que desarmaba.
Alfonso sintió que no estaba solo. Como si su alma hubiese abierto puertas sin consultarle, comenzaron a aparecer figuras en la sala. No entraban por la puerta. Entraban desde él.
Primero, un niño descalzo, con los ojos enormes y la voz temblorosa, se sentó en el suelo y bajó la cabeza. Era el Miedo. No el de los cuentos, sino el verdadero: ese que se queda cuando todo lo demás se va.
—Siempre vengo en tus cumpleaños —dijo el niño—. Porque sé que ese día estás más dispuesto a escucharme.
—Y tú sabes que ya no te huyo —respondió Alfonso, con ternura—. Pero no te quedes mucho. Hoy quiero mirar hacia adelante.
—Está bien —asintió el niño, y apoyó la cabeza sobre sus rodillas—. Solo quería que supieras que sigo aquí. Pero ya no para detenerte.
Después llegó una mujer de manos frías y voz dulce. Llevaba un cuaderno lleno de tachones. Era la Culpa. Traía consigo todos los "hubiera", los "perdón por no" y los "debí haber".
—No vengo a condenarte —murmuró—. Vengo a preguntarte si ya puedes soltarme.
—Tal vez esta vez sí —dijo Alfonso—. Pero quédate un poco. Aún tengo que pedirle perdón a mi propio silencio.
—Tómate tu tiempo —dijo ella—. Yo sabré cuándo irme.
Entró también la Alegría que No Mostró, con un vestido arrugado de tanto esperar. Venía bailando, sin música, pero con el ritmo de lo que no se vivió.
—¡Tantas veces me escondiste! —gritó danzando—. Por miedo al ridículo, al qué dirán, al ‘no es momento’. ¡Y los momentos pasaron!
—Perdóname —susurró Alfonso, con un nudo en la garganta—. A veces pensé que no te merecía.
—Pues aquí estoy —respondió ella—. Y no tengo fecha de vencimiento.
Y por último, apareció un hombre que se parecía demasiado a él. Era la versión de Alfonso que nunca fue. Vestía trajes pulcros, tenía respuestas rápidas y una sonrisa sin grietas. Lo miró sin rencor.
—Yo era tu plan —dijo—. El de cuando creías que la vida era una escalera recta.
—Y tú eras necesario —respondió Alfonso—. Porque gracias a ti supe que quería otra cosa.
—No me arrepiento de no existir —dijo el otro Alfonso—. Porque tú elegiste el camino del alma.
—Y aunque a veces duela —añadió Alfonso—, no me arrepiento tampoco.
El otro Alfonso asintió y desapareció sin decir adiós.
La libélula seguía ahí, inmóvil, como custodiando un umbral invisible. Su cuerpo comenzaba a deshacerse en pequeñas luces. Era su forma de decir que el tiempo apremiaba. Y entonces habló, no con voz, sino con vibración:
—Esta es la víspera. Puedes seguir cumpliendo años como quien colecciona calendarios, o puedes atreverte a nacer distinto.
Alfonso respiró hondo. Aún no sabía qué responder. Pero antes de tomar una decisión, un olor conocido flotó en la casa. A talco y polvo perfumado, a Vick VapoRub, a leña y a tiempo.
Era su abuela.
No la de los últimos días, sino la de los cuentos, la de las manos firmes, la de los rezos murmurados por las madrugadas. No venía para quedarse. Venía a recordarle.
—Oye, Alfonso —le dijo sin dramatismo, como quien continúa una conversación interrumpida—, tú no estás solo. Nunca lo estuviste. Cada año te sientas aquí a preguntarte si hiciste bien, si valió la pena… pero no te das cuenta de lo esencial: sigues.
—A veces dudo si eso basta —logró decir, al fin.
—Basta. Y sobra —afirmó ella—. Porque no es poco lo que has hecho con lo que te tocó. Porque no has dejado de amar, de servir, de preguntarte por los otros.
—Te veo cuando sirves el café —continuó ella—, cuando arreglas los libros, cuando escribes, cuando dejas la luz encendida por si alguien llega. Estoy ahí. Y aunque ya no tenga cuerpo, tengo lugar: tu memoria. Tu ternura. Tu manera de quedarte callado cuando no hay palabras.
—Tú me enseñaste eso —dijo Alfonso—. A quedarme incluso cuando quería irme.
—Y mira que te ha servido —respondió ella, con un guiño—. Porque hay vuelos que no se emprenden corriendo, sino permaneciendo.
La libélula seguía quieta. Pero sus alas comenzaban a titilar como si se despidieran.
Alfonso supo entonces que era momento de hablarle.
—No tengo alas —le dijo—. Ni certezas, ni promesas. Solo tengo esta costumbre de sentir profundo.
La libélula no necesitó responder. Bastó con que levantara vuelo despacio, sin estruendo, dejando en el aire un leve resplandor.
Porque la respuesta no estaba en ella. Estaba en lo vivido, en lo aprendido, y en lo que aún ardía dentro de Alfonso como una brasa: el deseo de seguir siendo.
Y así, mientras la noche terminaba de armarse allá afuera y el pueblo dormía sin saber nada de lo ocurrido, Alfonso se sirvió otro café y escribió una sola línea en su cuaderno de tapas negras:
"Hoy no cumplo años. Hoy me los merezco."
Desde entonces, dicen que en cada víspera de cumpleaños, una libélula visita a quienes aún tienen una pregunta que hacerse. No para responderles. Solo para recordarles que están vivos.
Al día siguiente amaneció con olor a pan fresco y cielo despejado. Alfonso salió a la terraza, saludó al sol sin premura, y dejó que el viento le alborotara las ideas. No sabía qué nuevos desafíos le traería la vida, pero algo en su pecho lo hacía sonreír con quietud.
Porque comprendió, al fin, que cada cumpleaños no es una vuelta más al reloj, sino un retorno al centro. Que crecer no siempre es avanzar, a veces es quedarse. Que vivir no es resistir el paso del tiempo, sino permitir que el tiempo pase por uno y lo transforme.
Y ese año, sin velas ni piñatas, Alfonso renació. Con la piel más suave. Con el alma menos dura. Con la certeza de que los años no se celebran para olvidarse del pasado, sino para reconciliarse con él y abrirle espacio al futuro.
Uno no nace una sola vez. Uno nace cada vez que se atreve a mirarse, a perdonarse sin condiciones, y a seguir caminando aunque ya sepa el camino.
Hay nacimientos que no requieren parto, solo valentía. Y hay vuelos que comienzan con los pies aún en el suelo.
Hay cumpleaños que no traen regalos, pero te devuelven el alma.
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