44
Hoy cumplo 44 años. Y no lo escribo como quien celebra una cifra, sino como quien atestigua un tránsito: con las manos cruzadas, no como quien se protege, sino como quien abraza lo vivido. De quien ha dejado de correr detrás del tiempo y ha aprendido a mirarlo de frente.
Porque hay edades que se soplan con pudín, y otras que se cantan con gratitud. Esta es de las segundas. Una cifra que no pesa, pero sí pulsa. Que no duele, pero sí recuerda. Una edad que no exige fiestas, sino presencia.
En esta imagen hay más que una sonrisa: hay madera que ha oído confesiones, hay paredes que han resguardado silencios, hay un banco que me ha sostenido más allá del cuerpo. Hay una camisa a cuadros que no sigue modas, pero sí memorias. Y hay manillas que no son adornos: son promesas, pactos con lo que uno elige seguir creyendo.
Cuarenta y cuatro vueltas al sol, y aún no entiendo del todo la sombra… pero ya no le huyo: la converso. He descubierto que la vida no se mide en metas, sino en vínculos. Que el tiempo no siempre se gasta: a veces se siembra, se honra, se canta. Se escribe.
Hoy no celebro años: celebro caminos. Celebro los pasos que me acercaron a lo que amo, y también los tropiezos que me devolvieron a mí. Celebro las veces que lloré por no saber, y las que reí sin tener que entender. Celebro cada historia que me habitó, cada cuento que me dictó el silencio, cada voz que me tocó sin tocarme.
He dejado de buscar la plenitud como un premio lejano. Hoy la descubro en lo cotidiano: en la risa desbordada de Samuel frente a un brownie, en el café que sabe mejor cuando se conversa, en las letras que llegan cuando todo duerme, en este Caribe que ya no es paisaje, sino raíz que me canta por dentro.
A los 44, ya no busco ser más.
Busco ser mejor: Más leal a mis causas. Más presente en mis vínculos. Más claro con lo que siento. Porque he entendido que la adultez verdadera no viene con la edad, sino con la conciencia. Y esa, por suerte, no caduca: se ensancha, se afina, se ofrece.
Gracias a quienes me han amado sin medida, corregido sin herirme, leído sin juzgarme. A quienes me abrazan aunque no están, y me comprenden incluso cuando no digo nada. Gracias a la vida que me ha dolido bonito. Y al alma, que a pesar de todo… sigue escribiendo.
Porque cumplir años, en el fondo, no es otra cosa que seguir apostándole a la vida. Quedarse un poco más para ver qué milagro pequeño trae el día siguiente.
Y mientras eso ocurra, mientras siga andando, entonces sí: que vengan los años. Aquí los espero. Con la frente en alto y el alma abierta.
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