El beso de Judas
Hoy en Viernes Santo, en medio de una escala, un avión averiado, retraso en la conexión, personas que empiezan a alterarse, y se me atraviesa esta imagen, que inmediatamente me invitó a invertir este tiempo de espera en reflexión.
Hay gestos que pesan más que una piedra, y besos que no buscan ternura, sino destino. El beso de Judas, ese instante que la historia ha inmortalizado con tinta de traición, no fue solo el acto de un hombre que entregó a su maestro, sino el eco eterno de lo humano: la contradicción entre el amor y el miedo, entre la fe que titubea y la desesperación que no encuentra salida.
Míralo, ahí está, como en la imagen, con los labios dispuestos al gesto que todos conocemos, pero los ojos cargados de una tristeza que se siente burlona. No es odio lo que lanza con sus besos, sino una ironía amarga, como si supiera que el mundo lo recordará por un solo segundo, ignorando todas las dudas, todos los silencios, todo el temblor de su alma antes de dar ese paso.
Judas no fue un monstruo, fue humano. Y en su humanidad cabe la cobardía, pero también la culpa. Porque traicionar no siempre es odiar; a veces es rendirse al miedo, querer controlar lo que no entendemos, asegurar lo incierto. El beso no fue solo una marca para que otros lo crucificaran. Fue también su forma torpe y desesperada de seguir tocando a aquel que amaba, aun cuando ya no sabía cómo.
Después vino el silencio. El peso insoportable del acto. Y el árbol. Y la cuerda. Y la noche sin regreso. Pero antes de eso, el rostro inclinado, la mirada que no se sostuvo, el cuerpo que tembló. Porque nadie se quita la vida si no es porque la conciencia lo muerde con dientes de fuego.
La vida, a veces, nos lleva a besar lo que queremos perder, a abrazar lo que nos duele, a reír mientras la herida sangra. Todos somos un poco Judas cuando tememos al cambio, cuando elegimos la comodidad del orden antes que el abismo de la fe. Cuando besamos por rutina, por cálculo, por necesidad de que nos vean.
Pero también somos capaces, como él, de reconocer, aunque tarde, que nos hemos extraviado. Su historia no debe ser leída solo como castigo, sino como espejo. Porque no hay traición más común que la que ejercemos contra nosotros mismos.
Y si bien nadie podrá desandar su beso, quizás sí podamos entender que incluso en el acto más vil hay un corazón desbordado, una mente confundida, un hombre que, como tantos, se perdió buscando una forma de ser amado, de no quedar atrás en un mundo que se mueve demasiado rápido.
Besos para todos ustedes, dice la imagen. Y uno entiende que tal vez lo que Judas quiso fue eso: seguir perteneciendo. Aunque fuera con un beso que marcó el fin.
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