Visitando Casa Mamá Luz
Visitando Casa Mamá Luz
En el barrio histórico de La Candelaria, donde el pasado y el presente se entrelazan en cada esquina, se encuentra un refugio de sabores ancestrales que rinden homenaje a la cocina colombiana: Casa Mamá Luz. Aquí, cada plato cuenta una historia, y el ajiaco, la estrella indiscutible del menú, se convierte en el vehículo por el que se viaja al legado cultural de los Muiscas y la esencia de Bogotá.
Al cruzar el umbral de Casa Mamá Luz, uno es recibido por un cálido aroma que inunda el aire: el inconfundible olor del ajiaco cocinándose lentamente. La cocinera Mamá Luz, carismática y apasionada guerrera de la cocina tradicional, se convirtió en emblema de esta gastronomía luego de recibir el prestigioso galardón del mejor ajiaco de Bogotá en 2017, que abrió las puertas de su arte culinario a un público global, incluso atrayendo las miradas de Netflix con su episodio dedicado en la serie Street Food.
La historia del ajiaco se remonta a una rica herencia cultural, donde cada ingrediente cuenta una parte de la narrativa. En su versión bogotana, este plato emblemático se elabora al calor del fuego, con paciencia y amor, utilizando tres tipos de papa: la colorida papa criolla, la firme papa sabanera y la consistente papa pastusa. ¿El resultado? Una composición armónica que juega con las texturas, llevando cada bocado a una experiencia sensorial única.
Mientras me sentaba en una de las acogedoras mesas de madera rústica, contemplando las paredes coloridas que celebran la esencia de la comunidad, mi mirada se topó con el plato que, en un abrir y cerrar de ojos, capturó mi atención: el ajiaco. Servido humeante en una olla, el plato se presentaba con la inconfundible presencia del pollo desmenuzado y un generoso toque de guascas que evocaba los campos de Cundinamarca.
A medida que la cuchara se sumergía en la suave sopa, la crema de leche se arremolinaba, creando un manto cremoso que prometía una explosión de sabor en cada bocado. Acompañado de alcaparras y aguacate, la frescura de estos ingredientes equilibraba perfectamente la calidez del ajiaco, convirtiendo cada cucharada en un abrazo reconfortante.
Mamá Luz, quien recuerda con cariño su tiempo en las plazas de mercado, donde se inició como el restaurante que es hoy, ha convertido su espacio en un hogar no solo para los amantes del buen comer, sino para la comunidad misma que la han adoptado como una madre en la cocina.
Casa Mamá Luz es un viaje a la tradición santafereña, es el latido de una cultura que se niega a desvanecerse en el olvido. Cada plato es un tributo a sus raíces, y el ajiaco, una oda a la historia de un pueblo que se encuentra en sus sabores, desde los tiempos de los Muiscas hasta nuestros días.
Prometo volver a sumergirme en este universo donde la memoria se arraiga en el paladar y el amor por la cocina se manifiesta en cada plato. Casa Mamá Luz no solo alimenta el cuerpo, sino también el alma, recordándonos que, al final del día, la mejor comida es aquella que se sirve con un toque de cariño y autenticidad.
Con el alma contenta y el estómago lleno, decidimos dar un paseo por las calles de La Candelaria en busca de un café que complementara nuestra experiencia. Al cruzar una de las calles, algo llamó nuestra atención: una fila de entusiastas que esperaban con ansias su turno frente a un lugar llamado Bom Bom, pregunté a una de las personas de la fila, y me dijo: es célebre por sus milhojas provenientes de Villa de Leyva, las mejores.
La tentación fue demasiado poderosa para resistir, y en cuestión de minutos nos encontramos frente a un gustoso y equilibrado plato que parecía demasiado bueno para ser cierto. La milhoja, cubierta de una seductora capa de crema Chantilly e irlandesa, coronada con almendras doradas y un hilo de dulce de leche, nos conquistó al primer bocado. Cada capa crujiente era un festín que se deshacía en la boca, y entre risas y complicidades, tuvimos que rendirnos a la evidencia: una no fue suficiente. Con nuestras almas endulzadas y el día evocando nuevos sabores, decidimos que había llegado el momento de pedir más, celebrando la rica tradición dulce que Bogotá ofrece y dejando que el placer nos envolviera por completo.
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