La ruta del Guandú: un viaje a las raíces

La ruta del Guandú: un viaje a las raíces 

Por: Victor Manuel De Luque Vidal 

Cuando el sol despuntaba, filtrando sus primeras luces a través de la bruma de la mañana, en el aire, el aroma de la tierra despertándose era un recordatorio de la vida que late en este rincón del Caribe colombiano, donde el guandú, ese pequeño grano de bondad, teje historias y vincula a las comunidades. La emoción era palpable al cruzar las puertas de La Casa Colorá, ese refugio de color y sabor cuyo nombre solo puede evocar calidez.


La anfitriona, Diana Polo Lobo, nos saludó con una sonrisa que iluminaba la terraza de su casa colorá'. Su energía y compromiso por realzar la gastronomía local, apoyando a las matronas cocineras y a los guardianes de los sabores del Atlántico, crean un efecto contagioso. En ella se percibe la pasión por el guandú, por el festival que se avecina y, sobre todo, por la valorización de lo que nuestras tierras son capaces de ofrecer.

Mientras escuchábamos hablar sobre las bondades del guandú, un frágil grano convertido en aliado culinario, grandioso saber la variedad de formas en las que este alimento ha encontrado su lugar en las mesas de Colombia. De las 43 accesiones existentes, conocimos las tres que habitan este departamento: 7 pepas, mojarrita y cuarentano. Cada una es un mundo en sí misma, resonando con la cultura local, con el mar y la tierra que le dieron origen.


El guandú no es simplemente un ingrediente; es una historia por explorar. Verde o seco, su abundante contenido proteico y su versatilidad lo convierten en un verdadero festín. Imaginarlo transformado en arepas, galletas, o incluso como una barra energética saludable, me hizo reflexionar sobre el arte de la cocina: un arte que se nutre de la tradición, pero también de la innovación.

Al conocer el proceso de siembra y cosecha, cada paso se convirtió en una lección silenciosa sobre la paciencia y el sacrificio del agricultor. No son solo plantas que crecen; son años de cultura, esfuerzo y esperanza. Seis meses hasta que el guandú puede ser cosechado, intervalos que nos enseñan sobre el paisaje del tiempo que fomentamos o descuidamos. En tiempos donde la inmediatez parece reinar, el guandú nos recuerda que el verdadero alimento proviene no solo de encontrarlo, sino de cultivarlo con amor y respeto.


El día avanzó y la naturaleza se convirtió en la mayor maestra. Entre pozos medicinales y tierras que fueron bendecidas por la historia de Juan José Nieto, resonó un fuerte eco de las raíces que alimentan nuestra identidad. Cada planta que tocábamos, cada semilla que cosechábamos, traía consigo una memoria, una conexión ancestral que nos invitaba a honrar no solo lo que consumimos, sino también a sus cuidadores.

Al finalizar la jornada, comprendí que la Ruta del Guandú había resultado ser mucho más que un simple recorrido. Fue un viaje al corazón de lo que nos une. De la tierra a la mesa, de cada bocado a la historia, descubrí que en el guandú no solo se halla el sustento, sino también la esencia de un pueblo que, a través de su comida, narra su resistencia, su alegría y su identidad.

Regresé a casa con más que un puñado de semillas en la mano; volví con un renovado sentido de pertenencia y un compromiso de valorar el recorrido de cada grano, cada plato. En el canto del guandú, descubrí la voz de mis antepasados que continúa vibrando en el presente, invitándome a celebrar el festín que es la vida en todas sus dimensiones.

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