Si yo corriera, estaría en el hipódromo.

Corrían los años 1600 en una alegre ciudad del Caribe, cuando un grupo de entusiastas organizadores decidió llevar a cabo una competencia deportiva que promoviera la unidad entre los habitantes de la región. Convocaron a los más veloces caballos del litoral, así como al imponente caimán, conocido en la zona como el Guardián del Caribe, con la intención de enfrentarlos en una carrera memorable.



Los aficionados al deporte acudieron emocionados al evento, ansiosos por presenciar el choque de tan formidables criaturas. Al sonar el pito de largada, los caballos salieron disparados, sus cascos levantando nubes de polvo a su paso. Eran animales elegantes y ágiles, con una velocidad envidiable que les permitía cubrir grandes distancias en cuestión de segundos.

Sin embargo, para sorpresa de todos, el majestuoso caimán permaneció inmóvil, observando tranquilamente el espectáculo desde la orilla. A diferencia de los caballos, cuya fuerza radicaba en la velocidad, el caimán poseía una destreza y agilidad únicas en su hábitat acuático. Su poderosa mandíbula y gruesa piel lo convertían en un guardian temible, capaz de enfrentar a cualquier rival con determinación y calma.


Desconcertados, los espectadores voltearon hacia el caimán y le preguntaron: "¿Qué pasó? ¿Por qué no corriste?"

El caimán, con una expresión serena, respondió: "Como dice la canción: Si yo corriera, estaría en el hipódromo". 

En ese momento, una profunda reflexión se hizo presente entre la multitud. La verdadera grandeza, como bien se leía en la respuesta del caimán, no reside en la necesidad de probar constantemente nuestro valor, sino en la serenidad que nace del conocimiento de uno mismo. El caimán, consciente de su imponente fuerza y habilidad en el agua, no precisaba participar en una competencia terrestre para afirmar sus certezas. Su poder radicaba en la calma y la seguridad de ser quien es y representa.

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