Ausencias que son presencia
Ausencias que son presencia
Por: Víctor Manuel De Luque Vidal
La mecedora vacía, bajo la sombra de un añoso árbol, se balanceaba suavemente, como si una mano invisible la impulsara. En aquel silencio apacible, sólo el susurro de las hojas rompía la quietud, como si la naturaleza misma quisiera rendir homenaje a la ausencia que allí se manifestaba.
Don Benito, un hombre ya entrado en años, observaba la mecedora con la mirada perdida. Hacía meses que su esposa, Doña Lucía, había partido de este mundo, dejando un vacío que parecía insondable. Él, que durante tantos años había compartido cada rincón de su hogar con ella, ahora se sentía como un barco a la deriva, sin norte ni rumbo.
—Lucía —suspiró, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. ¿Dónde estás? ¿Acaso tu alma sigue aquí, acompañándome en esta soledad?
Un suave viento agitó las hojas, como si quisiera responderle. Don Benito cerró los ojos, evocando los incontables momentos que había vivido a su lado: las risas compartidas, los sueños construidos, las alegrías y los sinsabores que habían enfrentado juntos. Ella, siempre a su lado, ahora se había convertido en una presencia invisible, que se colaba en cada rincón de su vida.
—Siento tu ausencia como un peso que me agobia —continuó, su voz quebrada por la emoción—. Pero sé que sigues aquí, guiando mis pasos, susurrando en mi oído, recordándome quién soy y de dónde vengo. Tu recuerdo se ha vuelto más vivo que nunca, llenando cada espacio vacío con tu presencia.
La mecedora se balanceaba, como si una suave mano la impulsara. Don Benito abrió los ojos, y en el vacío de aquel asiento pudo vislumbrar el reflejo de Doña Lucía, sonriéndole con ternura. Estiró la mano, tratando de alcanzarla, pero sólo encontró el aire.
—Sé que nunca te irás del todo —murmuró, una sonrisa triste dibujándose en su rostro—. Porque tu ausencia se ha vuelto una presencia constante, un testigo silencioso de mi vida. Y en esa paradoja encuentro la fuerza para seguir adelante, sabiendo que el amor que nos unió trasciende la distancia, este espacio y el tiempo.
Cerró los ojos una vez más, y en el susurro del viento creyó escuchar la voz de Lucía, reconfortándolo y guiándolo hacia un futuro que, aunque solitario, estaría iluminado por el recuerdo de su amor.
Don Benito permaneció sentado en la mecedora, sumido en sus recuerdos y en el dulce susurro del viento que parecía traer consigo las palabras de Lucía. De pronto, un sonido lejano lo sacó de su ensimismamiento. Aguzó el oído, intentando discernir de dónde provenía aquel murmullo.
Lentamente, se puso de pie y caminó hacia el origen del sonido, adentrándose en el denso follaje del árbol. Conforme se acercaba, el murmullo se fue haciendo más claro, hasta que pudo distinguir la voz de una mujer.
—¿Lucía? —preguntó, sin poder creer lo que estaba escuchando.
Siguió avanzando, hasta que llegó a un pequeño claro donde encontró a una joven sentada en el suelo, con la mirada perdida en el horizonte. Al oír sus pasos, la mujer se volvió y Don Benito sintió que el corazón se le detenía.
Era Lucía, su Lucía, tal y como la recordaba, con sus ojos brillantes y su sonrisa luminosa. Pero algo en ella era diferente, una especie de aura que la envolvía, haciéndola parecer casi irreal.
—¿Cómo es posible? —balbuceó Don Benito, acercándose a ella con pasos trémulos.
Lucía se puso de pie y lo miró con una expresión serena.
—Mi amado Benito—dijo, su voz suave como una caricia—. He venido a buscarte.
Don Benito la contempló, sin saber qué decir. Sentía que su corazón iba a estallar de emoción y de confusión.
—Pero tú... tú te has ido —logró articular finalmente—. ¿Cómo puedes estar aquí?
Lucía se acercó a él y tomó sus manos entre las suyas.
—Es cierto, mi amor —respondió—. He partido de este mundo, pero sí, mi alma sigue aquí, a tu lado. He estado esperando el momento oportuno para venir a buscarte.
Don Benito la miró, fascinado y aterrado a partes iguales.
—¿Buscarte? ¿Qué quieres decir? —preguntó, con el corazón desbocado.
Lucía sonrió enigmáticamente.
—Es hora de que vengas conmigo, Benito —dijo, su voz adquiriendo un tono sobrenatural—. Nuestra vida juntos ha llegado a su fin, pero nuestro amor trasciende este plano terrenal. Es momento de que dejemos atrás este mundo y partamos hacia el siguiente.
Don Benito sintió que el suelo se abría bajo sus pies, sintió que el corazón se le encogía ante la inesperada propuesta de Lucía. Quería con todas sus fuerzas acompañarla a ese destino desconocido, reencontrarse con ella para siempre. Pero en ese momento, un recuerdo acudió a su mente, trayendo consigo la realidad que lo rodeaba.
—Lucía, mi amor —dijo, con voz temblorosa—. Sé que tu llamado es sincero y que nada deseo más que seguirte. Pero no puedo irme contigo hoy.
Ella lo miró, su rostro reflejando una mezcla de sorpresa y comprensión.
—¿A qué te refieres, Benito? —preguntó, acariciando suavemente su mejilla.
—En el pueblo, mucha gente está muriendo a diario —explicó Don Benito, con pesar—. Hemos establecido un sistema, como un... pico y placa, por así decirlo, para que no haya aglomeraciones. Hoy no me toca partir. Debo quedarme un poco más.
Lucía asintió lentamente, su mirada reflejando una sabiduría más allá de los años.
—Entiendo —dijo, con una sonrisa triste—. Tienes responsabilidades y obligaciones que cumplir en este mundo. Yo esperaré pacientemente hasta que sea tu turno.
Don Benito sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Quería decirle cuánto la amaba, cuánto la extrañaba y anhelaba estar a su lado. Pero sabía que debía ser fuerte, cumplir con su deber antes de poder reunirse con ella.
—Volveré a ti, Lucía —prometió, tomando su mano con firmeza—. Pero por ahora, debo permanecer aquí, haciendo todo lo que pueda para ayudar a los demás. Espérame, mi amor. Pronto estaremos juntos de nuevo.
Lucía asintió, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla.
—Te esperaré, Benito —susurró—. Siempre estaré aquí, a tu lado, hasta que llegue el momento de partir.
Con un último beso, la visión de Lucía se desvaneció, dejando a Don Benito solo en el claro, con el corazón lleno de esperanza y determinación. Sabía que su esposa lo aguardaba en el más allá, y que juntos emprenderían el viaje definitivo cuando les llegara el turno. Por ahora, debía permanecer en este mundo, cumpliendo con su deber y honrando la memoria de Lucía con cada acto de bondad y servicio.
Don Benito regresó lentamente a la mecedora, aún sorprendido por el encuentro con Lucía. Su corazón se sentía dividido entre el anhelo de estar a su lado y la responsabilidad que lo ataba a este mundo. Pero en lo más profundo de su ser, sabía que ella nunca lo había abandonado realmente.
Acomodándose de nuevo en su silla, dejó que su mirada se perdiera en el horizonte, viendo reflejada la silueta de Lucía en cada hoja que se mecía con el viento. Sus palabras, su sonrisa, su presencia; todo seguía vivo dentro de él, guiándolo en cada paso que daba.
Las ausencias que son presencia, donde lo que no está se hace visible, inundaban la vida de Don Benito. Lucía ya no estaba físicamente a su lado, pero su alma permanecía, envolviendo cada rincón de su hogar, cada momento de su existencia. Su voz, aunque silenciada, resonaba en los oídos de Benito, recordándole quién era y de dónde venía. Su rostro, aunque invisible, se reflejaba en el espejo de su memoria, evocando emociones que parecían más vivas que nunca.
Porque la ausencia de Lucía no era un vacío, sino una presencia constante, una espiral que lo envolvía y le recordaba que nada es para siempre. Ella seguía allí, a su lado, guiando sus pasos y dándole la fortaleza para continuar, hasta que llegara el momento de reencontrarse en la eternidad. Y en esa paradoja, en ese juego de presencias y ausencias, don Benito encontraba la fuerza y el consuelo que necesitaba para afrontar los días que le quedaban en este mundo.
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