El alma vieja de Gabriel Ortega
El alma vieja de Gabriel Ortega
Por: Víctor Manuel De Luque Vidal
Hay artistas que pintan con la mano, y otros, como Gabriel Ortega, que lo hacen con el alma de otra época.
Porque lo suyo no es solo una técnica impecable ni una estética que encandila por lo pulido, lo simbólico o lo preciosista. Lo suyo es un puente. Un pasadizo secreto entre mundos que parecían no tener nada que decirse: el barroco y el cómic, la solemnidad de la istoria del arte y la irreverencia del dibujo animado. Y sin embargo, al mirarlo bien, Tintín parece haber estado siempre allí, camuflado entre miradas renacentistas, como si el arte de otras vidas hubiese estado aguardando la mirada precisa que supiera hilarlos.
Gabriel también pinta superhéroes, sí. Los pinta con devoción, con alegría, con ironía a veces, pero siempre con ternura. Porque más allá de la capa o del escudo, lo que retrata es la infancia que los inventó. No dibuja a Tintín: dibuja al niño que fuimos, perdido entre columnas dóricas y la sospecha de que en otro siglo también fuimos testigos de lo sublime. Su personaje camina —siempre con Milú— entre selvas tropicales que bien podrían ser los jardines de un templo pagano, o entre ciudades europeas que parecen soñadas por un Da Vinci que conoció a Hergé.
Hay en su obra una alquimia extraña. Una forma de traducir lo complejo que es la vida —en esta o en otras— a través de una estética que juega, pero que no trivializa. Que se ríe con respeto. Que irrumpe con ternura. Que pone una linterna en manos de un niño para caminar por la selva de la memoria. Y es que en sus cuadros no solo hay color: hay latido. Hay rastro. Hay preguntas sin signo de interrogación y respuestas que solo pueden escucharse con los ojos bien abiertos.
Uno no se queda mirando sus cuadros solo por la ironía —que la hay—, ni por la belleza —que es abundante—, sino por la sensación rara de haber llegado a un lugar que no sabíamos que extrañábamos. Un lugar donde la infancia conversa con la eternidad, donde Milú se asoma entre obras como si siempre hubiese custodiado el templo del arte, y donde la selva es también capilla, y los animales, guardianes de un secreto. Donde un búho blanco no solo observa, sino que transmite una sabiduría antigua; donde los jaguares no asustan, sino que cuidan; donde la flor más grande parece susurrarte el nombre de alguien que olvidaste.
Y de pronto, entre todas las imágenes, aparece un título: Las tres gracias. Y no pude evitar recordar. Fue en un viaje a Cuba donde oí por primera vez esa frase. Un buen amigo me llevó a la iglesia de Santa Rita de Casia y me dijo: “Como es tu santa —22 de mayo—, pídele las tres gracias.” Y así, sin saberlo, sembró una promesa. Hoy, en otra geografía, entre nuestras conversaciones de viajes y países, reaparece Cuba y, como señal, la misma frase escrita en el corazón de este libro. En la mitología griega, Las tres gracias —también conocidas como las Cárites— eran diosas del encanto, la belleza y la alegría. Inspiraron a Rubens, sí. Pero en Gabriel, cobran una forma nueva. No es casualidad. Nada lo es cuando el arte sabe mirar hacia atrás sin dejar de caminar hacia adelante.
En Gabriel todo tiene sentido, aunque se diga con símbolos. Hay un orden invisible que recorre su obra, como si alguien desde el otro lado de la historia le dictara el ritmo. Como si cada flor, cada felino, cada mirada de búho o colibrí supieran exactamente qué decir sin decirlo del todo. En una página, La máquina del tiempo nos recuerda que el viaje no siempre es hacia afuera. A veces viajamos adentro. A veces es el arte el que nos lleva.
Y cuando visita el Caribe, no lo hace como un turista, sino como quien regresa a un lugar que su alma ya conoce. Allí su arte se descalza, se sienta bajo las palmas, deja que el sol le toque los hombros sin prisa, que Milú persiga cangrejos como si ese fuera el único deber del día y escucha al mar como si fuera un viejo maestro. Cambia el pincel por un coco abierto. No necesita más. Porque en esos momentos, la memoria no pesa: flota. Y es como si en cada ola que rompe, el tiempo se partiera también un poco, dejando entrar al Gabriel niño, al Gabriel artista y al Gabriel viajero en la misma escena.
A él lo habita un alma vieja. Una que se sentó muchas veces en las iglesias del Cinquecento, que caminó por pasillos florentinos, que leyó a Vasari, pero que también creció con el mismo vértigo de los que, como nosotros, tratamos de no olvidarnos del asombro en medio del mundo que corre. Esa alma vieja no añora: dialoga. Y por eso su obra no imita ni satiriza, sino que redime. Le devuelve al arte ese lugar de juego sagrado, de belleza traviesa, de pensamiento envuelto en colores que parecen no doler… pero que tocan.
Por eso su arte conmueve. Porque nos hace sentir que hay algo eterno en nosotros. Y que todo, absolutamente todo —un gesto, una armadura dorada, una lámpara encendida o un perro que nos acompaña en la oscuridad— puede ser arte… si se mira con el alma.
Porque eso es lo que hace Gabriel: nos recuerda que cuando se dibuja con el alma, los trazos no se borran: permanecen, como ofrenda.
Las tres gracias, como aquel día en La Habana, vuelven a abrirse camino: el encanto, la belleza y la gratitud. Gabriel las lleva consigo. Y quienes lo leemos, lo miramos o simplemente lo sentimos, también las recibimos.
Y si alguna vez olvidamos por qué el arte sigue siendo necesario, bastará con abrir este libro, con volver a mirar al niño de la linterna, al perro que no se separa, al jaguar que vigila desde la rama, al círculo dorado donde once figuras bailan en silencio... y recordar que la luz más profunda es la que no encandila, sino la que acompaña.
Gabriel la enciende. Y a nosotros, nos corresponde cuidarla.
Comentarios
Publicar un comentario